El miedo a la competencia
por Guillermo Gasparini
El optimismo habitual de los argentinos nace de la nada y se derrite ante el primer escollo. Se pasa del sentimiento de ser los mejores del mundo a temerle al que gane dos partidos seguidos. La actitud la muestran tanto en el plano interno como en el internacional. Vélez pasa de ser el mejor equipo doméstico a uno más del lote. Con Boca y River también se tienen contradicciones permanentes. Gimnasia no era considerado por nadie, hasta que sus triunfos consecutivos le descubrieron virtudes ocultas. Ahora fue el turno del sorteo del Mundial 2006: cualquier adversario conforma el grupo más difícil, el de la muerte. No importa que uno de ellos (Costa de Marfil) sea un debutante absoluto. O que a otro (Serbia y Montenegro) lo ubiquen como el europeo de menores méritos en la distribución de los combos. Para los decepcionados opinadores ambos pasan a ser, por arte de magia, "el mejor de Africa y el mejor de Europa". Están al mismo nivel, según ellos, de los poderosos en serio, como podría serlo Holanda, por ejemplo.
Convive el ánimo autodestructivo con el exceso de confianza. Chocan los deseos de ser otra vez campeones con la segura convicción de ser siempre la víctima de "las manos negras". No hay término medio. Lo mismo ocurrió en anteriores ediciones de los Mundiales. En el 94, para no irnos demasiado lejos, los rivales eran otros debutantes (Nigeria y Grecia) como otro europeo de medio pelo: Bulgaria. Y se perdió por "los oscuros intereses de la FIFA" que detectaron el doping de Maradona. En el 98 otra vez fueron los "fáciles debutantes": Jamaica, Japón y Croacia. Y el camino se detuvo porque no le cobraron un penal y expulsaron tontamente a Ortega. En el 2002, en fin, no se pasó de ronda porque no se supo doblegar a Suecia. Un europeo de mediana condición, más allá que se haya perdido por un penal con Inglaterra, un par.
En la actividad entre Mundiales, desde 2002 hasta ahora, también se pasó del exitismo a la decepción de un partido al otro o aun durante el mismo encuentro. Brasil, un grande, es accesible cuando Argentina le juega de igual a igual en las Eliminatorias de visitante (definieron tres grandes piques de Ronaldo que derivaron en sendos penales) o en la final de la copa América (perdida por penales tras un empate sobre la hora de Adriano). Somos superiores cuando los vencemos claramente en el Monumental, y somos muy inferiores cuando Brasil nos golea en Alemania, por la copa de las Confederaciones.
Hay un sentimiento de duda permanente sobre los reales y verdaderos valores del fútbol argentino. Las estrellas de los principales equipos europeos pasan a un segundo escalón si no convierten seguido o no pueden clasificarse campeones con sus escuadras. Los titulares inalterables de un mes pasan a ser los fácilmente reemplazables del mes siguiente. Los chiquilines Messi y Aguero, con un puñado de partidos a cuestas, se convierten en piezas obligatorias, desbancando a los Crespo, Saviola o Aimar que han acumulado méritos durante varias temporadas. Porque Inglaterra gana en los últimos minutos un amistoso, el entrenador Pekerman se convierte en un inservible temeroso. Aunque durante 80 minutos el equipo haya sido claramente superior. Porque Maradona concreta un programa de televisión exitoso, es el número puesto para el cargo, aunque sus antecedentes no lo avalen. Lo peor es que hay muchos comunicadores que se cuelgan de estos reclamos y el aficionado común se engancha fácilmente con estas posturas tan mutantes.
A Bielsa le reclamaban verticalismo y excesiva ofensiva, además de no ofrecer entrevistas personales. A Pekerman lo acusan de timorato, porque el ritmo baja y se mueve al compás de Riquelme. Y hasta lo culpan por no asistir a la mercatinera ceremonia de la FIFA, el día del sorteo. Passarella era muy rígido, Basile muy permisivo. Bilardo y Menotti están desactualizados. Un plantel de experimentados puede gastarse prematuramente. Un plantel juvenil "jugaría la nuestra", aunque no se sepa a ciencia cierta como sea ese ideal soñado. Un plantel equilibrado, que es lo que intenta concretar Pekerman, no será capaz de vulnerar a los despreocupados africanos, a los implacables ex yugoslavos o a la rutilante nueva generación de holandeses. Aunque ninguno de los tres tenga la mitad de los pergaminos albicelestes. Todo lo que es blanco un día, se convierte en negro en cuestión de horas.
El optimismo exagerado y poco reflexivo nunca es aconsejable. El pesimismo a ultranza ante cualquier escollo, tampoco. La Argentina futbolística tiene que aprender a confiar en sus propios recursos, en sus propia fortaleza. También en su historia. Los demás la respetan más que los propios compatriotas. Para salir campeón mundial hay que superar siete vallas. Y hay que ganarle a todos, los fáciles y los difíciles, compitiendo. Nadie, de los 32 clasificados, va a regalar nada. Y viaja con la mínima esperanza. La carrera empieza dentro de 7 meses. Hay tiempo para completar un digno y duro plantel con vistas a la cita en Alemania. Y Pekerman, aunque sus críticos no lo crean, ya debe tener definidos más de 18 nombres. 18, 23 ó 50 jugadores que merecen que el público argentino les tenga mucha confianza. Por más marfileños, serbios, holandeses, brasileños y alemanes que se le crucen en el camino. Así fue en el 78 y así fue en el 86. (10/diciembre/2005).