Bielsa, entre adoradores y detractores

por Guillermo Gasparini

Cuando Marcelo Bielsa ocupó por primera vez el cargo de seleccionador argentino, a su alrededor se registró cierta desconfianza, de parte de comunicadores y público, por desconocer las características que podía imprimirle al equipo. Se tenían en cuenta sus antecedentes, en Newell´s y Vélez, y él fue fiel a ese estilo. Argentina desplegó en 4 años un juego ofensivo, desprejuiciado, optimista. Bielsa, demostrando al caminar virtudes y posibilidades, sumó mayoritarios apoyos y admiraciones. Hasta que se encontró en el Mundial con el escollo imprevisto y allí su sistema de juego evidenció carecer de variantes para oponer a determinadas sistemas de oposición. Antes de que pasaran 24 horas de la eliminación, se elevó en su contra un coro devastador de críticos, comandados por quienes más lo habían elogiado en la etapa previa. Coro que ahora, cuando Bielsa es ratificado en su cargo, se consolida en una consigna repetida por cierta parte del público y los comunicadores: "Es un perdedor, no merece una segunda oportunidad, que pase el que sigue".

Un alto dirigente de Brasil definió cierta vez que, en su país, "salir segundo equivale a ser el primero de los últimos". No da otra alternativa. En Argentina la premisa, sin enunciarla, es brutalmente asimilada. Y el mismo público que idolatra mediocridades si éstas son victoriosas, despedaza a quienes no han podido llegar al primer lugar del podio por impericia o mala fortuna. Todo da igual. En un club presionan barra bravas e hinchas con insultos, cánticos y hasta agresiones. Basta un puñado de partidos sin triunfos – especialmente si las frustraciones llegan en los partidos clásicos – para que la furia partidaria y existista se degluta a las mejores capacidades e intenciones. Tenemos ejemplos a disrio de este proceder.

Y en una Argentina donde los políticos conducen a la Nación mal o bien – generalmente mal – sin tener en cuenta las quejas del soberano, en el fútbol se exige gozar de consenso para continuar una tarea. Entre muchas cartas de lectores y llamados de oyentes, hoy se alzan ante Bielsa igual cantidad de apoyadores como de opositores. Todavía no ha empezado a actuar ni a hablar, pero ya tiene persistentes detractores que no admitirán el mínimo resbalón.

Osvaldo Ardiles, tan cuestionado él mismo en Racing como Bielsa en la selección, señala que "indudablemente él tendrá mucha mayor oposición que en el primer ciclo, de parte de la gente y el periodismo, y no sé si eso es bueno". La continuidad de Bielsa, sin embargo, está sostenida fervorosamente por quienes tienen que ver directamente con el juego: los futbolistas y los directores técnicos. En la Argentina de los últimos 30 años sólo tuvieron una segunda oportunidad los entrenadores que lograron consagrarse como campeones mundiales: César Menotti y Carlos Bilardo. Los que no pudieron conseguirlo, se tuvieron que ir: fueron apenas dos, Alfio Basile y Daniel Passarella. Ahora, con Bielsa, se cambia la costumbre. El mismo Basile opina que "no lo veo nada mal, ojalá que en mi caso los dirigentes hubiesen tenido la misma madurez y el mismo criterio".

La máquina "perseguidora de éxitos a cualquier costa" no admite traspiés aunque se derroche coherencia y seriedad en el trabajo. Y en la selección no fue fácil imponer un conductor por 4 años. Menotti llegó al cargo después que el equipo clasificara para el mundial de 1974 con un entrenador – Enrique Omar Sívori – y asistiera al torneo con otros tres distintos – Vladislao Cap, Víctor Rodríguez y José Varacka –. Menotti impuso la necesidad de tener una tarea continuada y mucho debió lidiar para que no lo reemplazaran en plena marcha. Recordamos una serie internacional de partidos en la cancha de Boca, en 1977, cuando una tribuna lo apoyaba y otra lo silbaba estrepitosamente, reclamando por Juan Carlos Lorenzo en su lugar. Unos hacían campaña por colocar en el equipo a Fillol por Gatti, a Juan José López por Ardiles, a Alonso por Valencia o Bochini. Los de Boca, además, reclamaban porque no había ningún jugador de su club en el equipo. Y el camino hacia el título del 78 no fue nada fácil, hasta que entrenador y jugadores se consolidaron después de la conquista.

El mismo Bilardo tuvo grandes tropiezos, por malos resultados, malas actuaciones y ausencias solicitadas, al punto que sectores políticos de entonces postularon su reemplazo antes del Mundial 86. El equipo recién se consolidó en pleno torneo y, además, contaba con la mejor versión de Diego Maradona. Con el título alcanzado, la figura de Bilardo creció, aunque los ganadores denostaron duramente a los críticos de antaño y una parte de la sociedad futbolística continuó apegada al estilo "menottista", en contraposición con el del triunfador del momento.

En el 90 los penales atajados por Goycochea disimularon falencias, así como la capacidad de Basile como conductor demostrada en un invicto de 33 partidos sucumbió ante una inédita goleada colombiana. Temblaron las convicciones, volvió Maradona de su ostracismo y la siguiente aventura se quebró en el accidentado doping positivo de la estrella, en pleno Mundial 94. Como no podían criticar al gran Diego, "la máquina de triturar" se la tomó con Basile, por ser muy ofensivo, poco especulador y, en última instancia, "un perdedor". Passarella también dividió las aguas, pero finalmente sus buenos intentos renovadores fueron bien continuados por Bielsa. Argentina, como siempre, ganó ý lució más de lo que perdió, pero el hecho de no salir campeón pone a todos en la misma bolsa de la frustración.

Ahora entramos en la nueva etapa. Algunos claman por unos jugadores, otros piden a distintos preferidos. Como siempre. Algún día habrá que entender que los directores técnicos no son magos y que el fútbol tiene tres resultados posibles. El límite siempre lo marcan las buenas o malas actuaciones de los jugadores. Y los mismos futbolistas reconocen que pueden jugar bien o mal durante un mismo partido. Ni el fútbol es una ciencia exacta ni nadie puede garantizar el éxito permanente. Y, como dice Oscar Tabarez, el entrenador de Boca, "lo que tiene de lindo el fútbol es que cualquiera opina, todos somos entendidos, y por eso nos apasionamos tanto". No es malo tener "a la cátedra" en contra, si uno está seguro de lo que hace y los jugadores elegidos responden. Así ocurrió siempre, aunque algunos se asusten porque Bielsa perdió adherentes. De todos modos, él es el primero que debe saber que de aquí al 2006, sólo un contrato lo liga al equipo. Y que en adelante, su continuidad estará impulsada por su trabajo y las circunstancias. Nadie tiene la seguridad garantizada ni, como decían los gauchos, "la vaca atada". (22/agosto/2002)


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