Europa sola bien se lame
por Guillermo Gasparini
Los clubes europeos España, Italia, Inglaterra, Francia, Alemania invierten fortunas en el fútbol profesional. No importa que monstruos como el Real Madrid, por citar un caso sintomático, último campeón de la Champions League, registre un déficit operativo que supera los 350 millones de dólares. Los pases entre clubes o intermediarios por los jugadores aumentan día a día sus cotizaciones, no importa cuál sea el origen de esos dineros que se manejan. Algunos dicen que son de compañías particulares, otros que son producto de los ingresos reales, otros hablan de los artilugios y movimientos en las bolsas, algunos sindican al producido por la moderna "venta de imagen" publicitaria como la fuente principal. Finalmente aducen que es todo lo que se produce alrededor de la televisión lo que sustenta a estas millonarias operaciones.
Mas de uno, empero, mira para otro lado y frunce el ceño. No cree en nada de lo que se le muestra y sospecha, sospecha mucho.
Lo cierto es que gracias a este fenomenal movimiento, las cosas para el resto del mundo se han complicado. Estos clubes adquieren los pases de las principales figuras de esos estados fuera de Europa pueden ser de Argentina, de Brasil, de Jamaica, de Honduras, de Costa de Marfil o de Nigeria a precios rebajados. Las cifras van desde el puñado de miles a los 20 millones, haciendo escala, preferentemente, en las zonas más bajas. Cien mil dólares pueden ser una fortuna en algunos casos, dos millones representarían la panacea para las instituciones chicas, aun de Sudamérica.
Una vez instalados en sus mercados, estas cotizaciones se multiplican. Con 10 partidos en ese medio, un jugador adquirido en monedas puede llegar a cotizarse en millones. Un claro ejemplo puede ser el del internacional argentino Claudio Husain. Transferido en junio al Parma italiano, de su Vélez Sarsfield, en 4 millones de dólares, fue cedido en préstamo inmediato, sin cargo, a River Plate. Tres meses y 11 partidos después, el 50 por ciento del pase del jugador fue cedido al Nápoli, en 8 millones de dólares, nada menos. Y a River, la corta vidriera, se le reconocieron un millón de dólares por los servicios prestados.
Otro caso interesante es el de Mauro Camoranesi, un volante goleador que jugó en Banfield en el Nacional B, la segunda división de la Argentina. De allí paso al fútbol mexicano, donde brilló durante dos temporadas. A mitad de 2000 llegó al Verona italiano en la módica suma de 500 mil dólares. A cinco fechas de iniciada la Liga, en donde Camoranesi no fue siempre titular pero ya marcó un gol, Lazio ya ofreció 9 millones de dólares por él. La multiplicidad de los panes, como lo recuerda la Biblia, en estos casos supera lo imaginable.
El comercio entre instituciones del mismo país o continente, en cambio, es abrumadoramente superior. Cuarenta millones ya es una cifra común y desproporcionada para el mercado. Los pases de Figo de Barcelona al Madrid, o de Crespo del Parma al Lazio, ya rozan la barrera de los 60 millones. Algo que, en la intimidad le hizo decir al goleador Gabriel Batistuta: "Me da vergüenza decir cuanto gano".
La distorsión, entonces, crea un mundo de fantasía. Pero Europa, la Vieja Europa, cree en su propia fantasía. El resto del mundo, para ellos, desde el Nuevo Mundo descubierto hace 500 años y llamado América, los salvajes civilizados en el Continente Negro, hasta los mercados orientales recorridos por el mítico Marco Polo, son simples seres humanos de segundo orden, con los que se puede comerciar con espejitos y cuentas de colores, y cuyo mayor derecho es la posibilidad de mirar con envidia y admirar a ese mundo desarrollado, civilizado, centro del gran mundo, que es Europa.
En este contexto, Europa cree que solamente lo que ella hace y practica es importante. En sus ligas millonarias juegan las principales estrellas del resto del mundo. Sus torneos continentales, aunque en muchos casos no haya equivalencia entre las potencias, son para ellos los mejores, los más competitivos, los únicos dignos de proteger y respetar. Aun sus partidos amistosos entre selecciones son prioritarios ante los cotejos internacionales de la otra parte, la oscura, del universo.
Así, para disputar sus Eliminatorias, por ejemplo, las naciones productoras cada vez tienen menos derecho de contar con sus hijos dilectos. Pululan las extrañas y sorpresivas lesiones y enfermedades, las excusas para negar su asistencia aun en los casos en los que las ligas tienen recesos y los servicios están garantizados por la magnánima FIFA - se multiplican y hasta consiguen la complicidad de los propios afectados, como el presidente de la AFA argentina. El largo viaje de ida y vuelta en avión como antes lo fuera el transatlántico barco es ahora el último recurso utilizado por las sociedades para negar la cesión de sus figuras. No importa que las comodidades de esos vehículos aéreos mejoren día a día, para la Europa miradora de su ombligo, ir a América o a Africa es causal de trastornos para sus profesionales entre algodones.
Y esa actitud minimizadora de los demás encuentra otras formas de canalizarce. Por caso, el DT de la Roma italiana encontró otra lógica para implantar el escollo: "Si Argentina está clasificada", dice, "debería poner a otros jugadores en su selección, dejar a sus titulares en sus equipos". Algo que Capello le pide a la Argentina, pero que no suelen hacer ni italianos, franceses, ingleses, alemanes o españoles ante sus propios compromisos. Para ellos, amantes del fútbol-espectáculo, siempre hay que presentar a las estrellas más rutilantes, por respeto al espectador. Al espectador de ellos, no al de los otros.
La dialéctica del Hermano Mayor llega a extremos increíbles cuando se habla del próximo choque por la copa Intercontinental, que ya llegará a su edición 41, con más triunfos americanos que europeos. Para Real Madrid, dicen sus voceros, será un partido más, inferior en importancia a su Liga, la Champions League, la copa del Rey, la UEFA y la Supertoto. Para el Boca argentino, en cambio, será la gloria, porque, a su juicio, la única manera de trascender es enfrentando al gigante español. Lo peor de todo es que aun argentinos lucidos que viven hace 25 años en Europa, como Jorge Valdano, difunden ese punto de vista dominador.
Si en 500 años está lógica no pudo ser modificada, los ciudadanos de esta parte de la Tierra tendrán que resignarse a que las reglas de juego las ponen otros. Por más que duela. Y en marzo, cuando se reinicien los choques para la WC 2002 en todo el mundo incluida la Europa de los brillantes los problemas se repetirán. Los clubes europeos primero pidieron 7 días de antelación para ceder a los jugadores. Después presionaron para que se baje a 4 días. Ahora ni siquiera respetan ese límite y pregonan que con 48 horas es suficiente. Firmaron papeles que garantizaban 15 compromisos anuales. Ahora claman por el calendario único universal, que coincida en todo con su programa de ligas, copas, eliminatorias y amistosos. Mientras el resto siga maniobrando individualmente, sin unir los intereses y pretensiones, Europa seguirá mandando a su arbitrio. Con el aval, en muchos casos, de los propios dominados. (17/11/00)