El papelón de la salomónica y omnípoda FIFA
por Guillermo Gasparini
La omnípoda FIFA intentó transformar la realidad a su antojo y se chocó con la pared que, inexorablemente, la llevó al papelón. Tan convencido estaba el establishment del fútbol mundial que todos rechazarían a la oveja descarriada nacida en Villa Fiorito y que se volcarían unánimemente al dios Pelé, que se largó innecesariamente a realizar una compulsa vía Internet para elegir al mejor jugador de fútbol del siglo XX. Para disimular, la mezclaron con la elección de una futbolista femenina representativa de estos 100 años, una especialidad que las damas apenas empezaron a desarrollar profesional y asociadamente en los últimos 5 de este milenio de absoluto reinado masculino.
Y el cachetazo de la realidad de Internet le dio estas cifras: Maradona, 53,60% de los votos emitidos. Pelé, segundo, apenas con el 18,53%. Tercero, más lejos, Alfredo Di Stéfano, con el 9,75%. En números directos, casi 80 mil internautas se volcaron por el argentino, apenas unos 26 mil lo hicieron por el brasileño. El rey de 1977 a 1994 le ganó al soberano de 1958-1970 aun en su propio territorio, Brasil.
La primera ridiculez fue elegir una sola vía, limitada y nueva, para emitir el voto. Poco más que 100 mil personas no pueden decidir por el corazón apasionado de miles de millones de aficionados. Cuando advirtieron que las cosas no salían como ellos habían pensado, agregaron otros canales a la elección. Un cupón en su FIFA Magazine de reducida tirada y la opinión de expertos ex futbolistas y entrenadores reunidos en el Comité de Fútbol de la FIFA. Como si en la FIFA pudiera haber otro tipo de comité que no sea de fútbol. Y como si fuera decisiva la opinión de todos los expertos que competían con Maradona por el cetro principal. El resultado 72,75% por Pelé, 9,75% por Di Stéfano y apenas 6% por Maradona fue demostrativo de los recelos profesionales que pueden imperar contra el argentino. Decir que Michel Platini, por ejemplo, integrado al establishment como organizador de la Copa Mundial 98, cuando hace dos años se le pidió que nombrara a los 50 mejores futbolistas que él vio, no lo nombró a Diego... Entre 50...
La FIFA no quiso premiar, entonces, al reconocido drogadicto que se cura con los médicos de Fidel Castro y aun hoy, a los 40 años, hace felices a tantos en el mundo. Quiso borrar con su impostura de poder supremo, la realidad que transmiten día a día videos que muestran acabadamente la magia de Maradona en su Argentinos Juniors inicial, en Boca Juniors, en el Barcelona, en el Nápoli, en la selección argentina y en cuanto entrenamiento fuera filmado. Una omnipresente vigencia que no tiene, por ejemplo, el grandísimo Pelé, cuya extraordinaria gallardía dejó de brillar cuando la TV empezaba a desarrollarse en forma global. Por cada filmación de Pelé hay 100 de Maradona. Y eso es lo que reflejó el voto de la gente.
La FIFA, con su caprichosa definición del lunes 11 de diciembre en Roma, consagrando a Maradona con el premio Internet y a Pelé con el título de Mejor jugador del milenio, ensució una admiración que debe ser por Maradona y Pelé, no por Maradona o Pelé. Blatter y sus adláteres hasta se dieron el lujo de patear la pelota hacia adelante, anunciando que recién en el 2004 darán verdaderamente su veredicto sobre el mejor jugador del siglo. Como si toda esta farsa de hoy hubiera sido un simple ensayo de la gran fantochada que realizarán dentro de 4 años.
Con su actitud ensuciaron a Maradona y a Pelé, dos enemigos en el estrado romano que fueron, sin embargo, los mejores amigos de la pelota, el elemento común de todos los congregados a su alrededor. Y también a los que los siguen en este imaginario reinado de la excelencia. Porque no se pueden comparar épocas, ni juegos, ni maniobras, en un deporte que, de por sí, está dominado por el imprevisto y la impronta individual. En cada corazón brilla una estrella distinta, que lo hizo palpitar, acelerar, casi estallar. Pelé y Maradona. Y Di Stéfano y Cruyff, otros dos habitantes de una cancha que medía 105 metros por 70 para todos sus movimientos y que ellos recorrían con contundencia inusual. Y Beckenbauer, Baresi y Passarella, artistas en el arte de defender. Y Yashin, Carrizo y Zamora, dueños de la peor función que tiene el fútbol, la de impedir los goles. Y Matthaeus y Platini en los últimos años, Moreno y Mattheus en el pasado. El paraguayo Erico, el italiano Meazza, el uruguayo Schiaffino. Todos tan grandes como este Zidane de hoy, que compulsó caprichosamente con Rivaldo y Figo. Y con Batistuta y Kluivert, las estrellas de hoy. Que, sin embargo, por el juicio de la gente, que es el que más vale, están todos por debajo de los dos reyes máximos.
Ejercicios periodísticos que mezclan pasado con presente, para entretener. Que jamás debió ser realizado por una institución como la FIFA, a riesgo de concretar este papelón que es histórico. Porque en su decisión mezcló al Che Guevara con la Estatua de la Libertad, a Fidel Castro con la Coca Cola, al sentimiento de la gente con la mente fría del banquero. (11/12/00)