Futbol Argentino On Line/ Guillermo Gasparini
Pasión, ceguera e insultos
por Guillermo Gasparini
Los
exabruptos de Maradona y las quejas públicas de los jugadores sacaron de
foco la cuestión del seleccionado argentino. La tensión desatada por el
suspenso que tuvo esta definición de la eliminatoria sudamericana
desconcentró a muchos espíritus. Muchos decidieron apostar a blanco o
negro, sin tener en cuenta los matices grises que más de una vez
caracteriza las situaciones futbolísticas argentinas. Y se pusieron de un
lado y del otro del mostrador sin afinar demasiado el criterio. Dominaron
las pasiones y en ellas casi es natural que todo haya terminado en
insultos y coros agraviantes.
Cada uno
justificó su posición sin demasiado esfuerzo. Maradona calificó a sus
groserías como un “desahogo”. Los jugadores del exterior,
cuestionados permanentemente por muchos opinadores (aunque ahora se hagan
los distraídos y lo nieguen) explicaron que ellos vienen con muchas ganas
a jugar en la selección dejando lejos a las familias y las comodidades
domésticas. Los periodistas que critican la falta de experiencia y hasta
de criterio de Maradona disimularon sus pareceres hasta la próxima función.
Los que creen que “los de aquí” tienen más entusiasmo y sangre que
los que juegan en clubes de afuera se subieron al carrito de “los goles
de Palermo y de Bolatti, dos del medio local”. Los que no confían en
Messi y piden su reemplazo siguen creyendo que el fútbol del Barcelona
tiene características mágicas que no se encuentran del mismo modo con la
camiseta albiceleste. Como si el fútbol fuera una cuestión mágica,
precisamente. Y no un juego de conjunto, de complemento de las
individualidades.
El Maradona que
reaccionó sin autocrítica es el mismo que siempre culpó al periodismo
de sus contratiempos. Hasta cuando lo pusieron en el pedestal de los filósofos
con esa frase de “la pelota no se mancha” para justificar sus
desarreglos notorios, siempre tuvo esa actitud de intocable. No le gustan
las críticas en contra. Ni para él, ni para su familia, ni para sus
amigos. Solo ama el “Si Diego” histórico. Y no entiende que ya no
juega más al fútbol. Y que los que cristalizan los planes trazados,
cuando él mira desde afuera, son otros jugadores, más jóvenes que él.
En su novel
carrera como entrenador debería fijarse en los padeceres de Bielsa, por
ejemplo. Criticado hasta el hartazgo por sus compatriotas porque el equipo
seleccionado fue eliminado en primera ronda de un Mundial, ahora es
endiosado también por los mismos argentinos porque clasificó con el
combinado chileno. Su antecesor Basile echó a un periodista de la
concentración cuando las cosas se pusieron complicadas en el equipo. Y en
su primera experiencia con la selección terminó jugando un repechaje con
Australia. Su contemporáneo Bearzot, DT de Italia en 1982, se mofó de
sus críticos después de salir campeón con un irónico “Y
ahora...?”. Dunga, en Brasil, fue muy cuestionado en muchos lapsos de
esta campaña actual. A Menotti, justamente, nunca se le ha perdonado,
“con el diario del lunes” se suele decir, que haya dejado afuera del
campeón 78 al propio Maradona. Es el destino natural de los entrenadores,
obligados a tomar decisiones que pueden salirles bien o mal.
Y el destino de
los periodistas, corresponde decir. Que deben ser informadores y
opinadores, pero no simples aduladores. Algunos exageran con la
profundidad y la dureza de sus críticas. Al punto de ofender.
Generalmente todos ellos son representantes de un medio local que cree que
el fútbol argentino tiene un destino marcado de éxitos. Por eso no
admiten fracasos de ninguna especie. Aunque el camino esté más matizado
por los sinsabores que por las alegrías. Argentina, dos veces campeón
mundial entre mayores, varias veces consagrado entre juveniles, un par de
veces campeón olímpico, debería acostumbrarse a desenlaces de cuartos
de final, o aun de octavos. No es el único candidato a trepar a la cima,
como lo demuestra la realidad de cada torneo. Hay otros que llegan al
mismo lugar con las mismas pretensiones. Brasil, Italia, Alemania, España,
Inglaterra, Holanda, por nombrar al puñado habitual de aspirantes al
podio.
Toda la
Argentina sufrió con esta eliminatoria, olvidando los antecedentes más
cercanos. En la que correspondió al Mundial 2002 el equipo conducido por
Bielsa sumó 43 puntos y superó por 12 a Ecuador. Y Brasil se unió al
cuarteto que clasificó después de perder con Bolivia y ganarle a
Venezuela en la última fecha. Alcanzó así a Paraguay, derrotado en los
dos últimos compromisos. Y en el Mundial resultó campeón, meses después.
En la eliminatoria para el 2006 compartieron Argentina y Brasil el primer
lugar, con 34 puntos. En el Mundial uno llegó a cuartos, con el local, y
otro cayó en semis, ante Francia. Como sucedió ahora con los insultos de
Diego, ese torneo pasó a la historia como el del cabezazo del Zidane
perdedor más que por el escaso brillo de un multicampeón italiano que
definió, como en 1994, por penales.
No abunda el criterio equilibrado en un juego tan sanguíneo como el fútbol. Tan pasional, abierto a las jugadas inolvidables, las verdades absolutas y los insultos casi naturales. Y donde no siempre los más educados terminan siendo los mejores bien pensantes. Pero la realidad no se disimula ni con goles históricos, mentiras armadas y moralismos ultramontanos. (17/octubre/2009).