La versión 2001 de los Pekerman's boys

por Guillermo Gasparini

   Pasó el esperado sudamericano sub 20 y ya el eficiente José Pekerman y el periodismo especializado pueden sacar las primeras conclusiones sobre el futuro inmediato que le aguarda al fútbol juvenil argentino. Esta vez se deberá tratar de estar a la altura de los tres títulos mundiales que ostenta nuestro país, pero en el propio territorio, por primera vez en la historia. Cuando el equipo partió hacia Ecuador, había dudas. Al regresar, tras un desempeño irregular, sin altos picos individuales o colectivos, aun son más las dudas que las certezas. Algunos jugadores han demostrado que pueden estar en el plantel definitivo, pero el equipo, más allá de ser considerado "competitivo" por el propio conductor, no conformó y mostró pronunciadas lagunas.

Es cierto que el torneo fue el primer gran entrenamiento continuado de un grupo que, por distintas circunstancias, no lo pudo hacer adecuadamente en la etapa previa. Como muchas veces lo recalcó Pekerman – al punto de decir que los sub 20 no deberían hacerse más porque los clubes cada vez ceden con menos ganas a sus jugadores – los intereses de las instituciones, argentinas y extranjeras, impide reunir a estos pichones de estrellas entre semana. Todos son jugadores que ya han llegado a la primera división o integran los planteles superiores, y por lo tanto son considerados como imprescindibles por entrenadores y dirigentes. Pareciera que ya no interesa más aquello de tener un seleccionado exitoso para valorizar a sus integrantes. Nadie recuerda que eran Riquelme, Aimar y Cambiasso, Biagini, Ibagaza y Guerrero, antes de sus consagraciones con la camiseta albiceleste. La exclusión de Brandán y Tambussi por no haber arreglado su situación contractual con sus instituciones, fue un claro llamado de alerta. Así como la imposibilidad de hacer una cantidad mínima de partidos amistosos y prácticas, acordes con la importancia del torneo continental.

Para el Sudamericano no se logró la participación de jugadores consagrados como Javier Saviola, fundamental en la estructura riverplatense que compitió en los torneos amistosos veraniegos. Es de esperar que su presencia sí sea garantizada en la cita de junio en la Argentina. La de él y la de otros que militan en clubes europeos o locales y que esta vez faltaron por distintas circunstancias: Pablo Calandria, del Olympique de Francia; Carlos Marinelli, del Middlesbourgh inglés; Andrés D’alessandro, de River; y Leandro Romagnoli, de San Lorenzo.

La dirigencia argentina se muestra orgullosa de la organización de este Mundial, el segundo a este nivel que se realiza en el país. Y, comparándola con la otra cita, el Mundial de mayores de 1978, remarcan que "éste será el primero organizado exclusivamente por los dirigentes de fútbol, sin ayuda extra de ningún lado". Pero no sólo hay que enorgullecerse de poseer cómodos estadios, buenos lugares de alojamiento y entrenamiento, haya un público entusiasta y estén garantizados los horarios y la buena televisación. También hay que presentar un equipo digno de todo lo que representa el fútbol argentino en el mundo. Candidato natural a ser campeón, por encima de este segundo puesto obtenido en el Sudamericano.

Hacemos hincapié en los ausentes porque, como ya quedó expresado, el equipo tuvo baches en Ecuador. Pekerman se mostró muy conforme con los rendimientos del arquero titular Wilfredo Caballero y su suplente (que no llegó a debutar) Germán Lux. También con los dos zagueros centrales Mauro Cetto (lo comparó con Samuel) y Nicolás Burdisso. Destacó la jerarquía de Fabricio Coliccini y Julio Arca, el ida y vuelta de Diego Rivero, y la potencia definidora de Alejandro Domínguez, el goleador del equipo, considerado el jugador "diferente" por el conductor. Pero si bien este lote puede ser ya apreciado como el que tiene un lugar en el plantel del Mundial, no todos sus rendimientos fueron parejos y, al igual que algunos otros que no fueron nombrados por Pekerman y que seguirán siendo estudiados, mostraron marcadas irregularidades en su nivel.

Hombre por hombre, Caballero mostró solidez en muchas oportunidades, pero fue culpable directo de dos goles de Chile en la etapa previa y dio un peligroso rebote en el gol brasileño. El técnico y los compañeros le tienen confianza, pero no dio imagen de garantía inexpugnable. Igual que Cetto, seguro para jugar sobre los laterales o en el medio, importante en el área adversaria, pero que también mostró problemas en el quite y tuvo algunas dudas peligrosas en la boca del arco. Burdisso fue, quizás, el más parejo en todo el torneo, con gran solvencia para marcar en zona o quedar como último hombre; también, como Cetto, compensó con su presencia en el ataque la baja altura del resto de sus compañeros. Por los laterales, Pablo De Muner y Matías Lequi alternaron buenas con malas. Se desempeñaron mejor en ataque que en defensa, y eso, que se sepa, no es bueno como elogio para un jugador cuya primera misión es la de obstruir el andar del adversario. Cuando sobre la izquierda actuó Julio Arca no mejoró demasiado el funcionamiento, aunque él pareciera tener más oficio y experiencia.

Y el de Arca, justamente, es un caso para seguir estudiando. Tiene presencia de jugador fino, de clase, y principalmente en los primeros partidos, trabajando como volante por izquierda, lo demostró. Además tiene buena pegada, aunque eso si no se vio en esta instancia. Pero tuvo tendencia a desaparecer y, en la segunda parte del torneo, dio muestras de cansancio. Es cierto que éste fue un problema general y común a todos los participantes. La planificación de estos torneos obliga a los veinteañeros seleccionados a jugar cuando el resto de sus colegas descansa y toma vacaciones. Incluso el calor abrasivo de Ecuador influyó aun más en este panorama. Pero Arca, especialmente, se quedó sin aire cuando el equipo no hallaba respuestas, cuando más se lo necesitaba. Pekerman lo dejó siempre en la cancha porque seguramente confía en que puede dar más. Entonces, habrá que verlo en circunstancias más afortunadas.

Luis Zubeldía y Emiliano Gianunzio, alternándose en el centro de la línea de volantes, compartieron aciertos y errores. Tuvieron un gran despliegue, ayudaron mucho a sus compañeros, lucieron en el quite. Pero mostraron el mismo déficit que los otros volantes y delanteros: no sirve de nada el gran trabajo de recuperación de la pelota si se termina chocando contra los rivales y se la pierde en la jugada siguiente, unos pocos metros más adelante. Diego Rivero, el hábil chacaritense que va y viene con denuedo y marca el ritmo de todo el equipo, también mostró esta tendencia. Los tres, al igual que los más intrascendentes Facundo Pérez Castro y Mario Santana (éste tuvo un gran arranque pero se desinfló totalmente), abusaron asimismo de la gambeta. Todos se entusiasmaron con las grandes apiladas y casi siempre terminaron chocando y sin la pelota. Un detalle sobre el que Pekerman deberá trabajar mucho. Si lo dejan...

Alejandro Domínguez fue la revelación del conjunto. El único capaz de desnivelar por si solo. El gol que le marcó a Colombia desde la mitad de la cancha es un claro ejemplo. No es neto goleador, aunque define con precisión. Acompaña, toca con inteligencia, tiene una gambeta simple pero efectiva (siempre que no abuse de ella). Ve a los compañeros, no es egoísta. Y también sabe volantear, acompañando. Cuando desempeñó esa labor fue más claro que Santana, supuestamente el especialista.

A su lado se movieron Christian Giménez y Mauro Obolo. El de Boca tiene fuerza, arrancó con vigor y hace sentir su presencia. Es llamativo que dos entrenadores como Carlos Bianchi y José Pekerman confíen tanto en él aunque sus resultados no sean tan llamativos. Seguramente le ven aptitudes que los demás todavía no hemos descubierto. Terminó diluyéndose, navegando en la intrascendencia. No tuvo ni siquiera puntería al final, aunque había arrancado bien en los dos primeros encuentros. En la segunda parte apareció Obolo, sin hacer pesar su tranco, físico, remate ni cabezazo. Es otro que, como José María Calvo y Leonardo Di Lorenzo, deberán hacer muchos méritos para ser tenidos nuevamente en cuenta. Distinto es el caso del habilidoso Mauro Rosales: su crédito quedó abierto, aunque alternó buenas y malas, porque cuando acertó fue desequilibrante. Es rápido y puede ser muy útil por los laterales.

El equipo, en general, tuvo mucho tiempo la pelota, pero creó pocas situaciones para marcar. Chocó más de lo debido y, muchas veces, careció de ideas y profundidad. Se repitió en el centro como recurso. Dominó muchos momentos de los partidos, sin que esa actitud lo llevara hasta el arco de enfrente. Mostró personalidad en el accidentado encuentro contra Chile, cuando quedó impensadamente en clara desventaja de dos goles y con dos hombres menos. Y apenas en unos pocos momentos ante Brasil, en el partido definitorio del torneo. En general fue apático e intrascendente. Quizás, como decimos antes, cansado.

Pekerman no derrocha optimismo respecto del futuro, pero tiene mano para revertir este funcionamiento. El torneo confirmó lo que él venía anticipando: hay en esta generación de 20 años un déficit en materia de jugadores creativos y distintos. Los que faltaron pueden ayudar a cambiar algunos aspectos del conjunto. Y a falta de realce individual, habrá que trabajar. En el Sudamericano se vio, una vez más, que nadie regala nada. Ni el más débil. (5/02/01).


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