Agarradas y simulaciones, los enemigos del juego

por Guillermo Gasparini

  En un fútbol cada vez más programado y de menor contenido técnico - aunque esto quizás tengamos que discutirlo un poco más - hay dos enemigos que se han globalizado lamentablemente y que desnaturalizan aun más el que sigue siendo el mejor juego del mundo. Son la furiosa costumbre de las agarradas - de camisetas, cuerpos, brazos y piernas - y la teatralización sublime de las infracciones. Los dos males se han difundido de tal modo - lo podemos certificar en cada transmisión televisiva de cualquier origen geográfico - que ya se han convertido en los elementos más controvertidos y enlozadores de cualquier espectáculo. Al punto de plantear duras polémicas entre los mismos árbitros, creando una situación que los organismos contralores de la FIFA están dispuestos a cortar. Ojalá que la solución llegue pronto, antes que el juego se degenere aun más.

  No sabemos cuanto nació la costumbre de parar al adversario tomándolo de la camiseta. En tiempos no tan lejanos, dicha costumbre sólo provocaba la burla del injuriado: "No sabés pararme de otro modo", reían los habilidosos y los veloces. Pero ahora pareciera que nadie sabe recuperar la posesión de la pelota de otro modo. Ejercitan el recurso los mediocampistas que se ven superados por el contragolpe rival, los defensores que son aventajados por habilidad o rapidez, y hasta los propios delanteros cuando ingresan al área. Y tienen en cada ceremonia desatada por un córner o un tiro libre, su máxima expresión. Allí, en el medio del área, todos se agarran, se empujan, se cuelgan del cuello del posible cabeceador. Los que atacan son claramente perjudicados y no siempre los árbitros advierten - o quieren advertir, mejor dicho - las infracciones.

  Son esos mismos colegiados que fuera del área sancionan y hasta amonestan con tarjetas amarillas por iguales circunstancias. Pero lo que vale afuera no vale tanto adentro. Y así se provocan las injusticias y las quejas. Cuando a alguno se le ocurre pitar y sancionar el correspondiente penal, separa a los espectadores en dos aguas: los que aceptan el hecho y los que creen que la infracción no ameritaba semejante sanción. Hay entrenadores, como Alfio Basile, que no quieren depender de este recurso tan generalizado y por eso protestan, especialmente cuando son sus jugadores los que agarran. Y califican entonces a las sanciones como "el fútbol-mancha", enparentando el tradicional juego de niños con el rudo choque de piernas y músculos llamado fútbol. Claro, cuando los agarrados son los hombres propios, la queja deja de oirse y la tarjeta se pide para el oponente.

  No sólo estas agarradas significan una desnaturalización del juego, que desde su nombre sabemos que debe realizarse con los pies. Y que sólo los arqueros tienen derecho a utilizar las manos. También son una manifiesta deslealtad. Los árbitros parecen verse superados por la repetición de la maniobra y como en otras ocasiones, dividen sus estilos entre los que no la toleran y los que usan vendas en los ojos. El retirado Javier Castrilli era el abanderado de los primeros, Angel Sánchez se autopostula como el representante de los segundos. Y ambas escuelas tienen defensores y críticos. Al punto que recientemente fue tan vilipendiado como aplaudido uno como Giménez, que sancionó un no tan evidente pero real forcejeo que ocurrió a medio metro de su cara.

  Y esto lo advertimos en partidos del torneo argentino, en los choques internacionales por la copa Libertadores de América y en los cotejos por torneos europeos. El mal se ha universalizado. Y en todos lados hay quien lo ven y quien no lo quieren ver.

  Los exagerados revuelcos tras las infracciones - cualquiera sea su tenor - parecen ser hijas de la difusión televisiva. También antes se catalogaba de flojos a quienes les gustaba dar vueltas ante el mínimo roce. Ahora, la pretensión del actor teatral busca, con su actuación mentirosa, el reto hacia el adversario. Y que el mismo venga también con una tarjeta, como si fuera poco. Si uno ha jugado al fútbol, aun sin superar la etapa barrial, sabe que determinados choques provocan una molestia pasajera, jamás dolor. Pero hay jugadores que ante un toque de muslos o una trabada, quedan tirados y llorosos como si hubiesen sufrido un disparo de arma de fuego. Algunos parecen que no van a levantarse más, aunque un minuto después estén corriendo como antes. Y esto, más allá de las agarradas que citamos antes, confunde muchísimo a los árbitros, que más de una vez se ven en figurillas para determinar con exactitud el grado de las lesiones y la necesidad de detener el juego.

  Hace pocas temporadas la misma FIFA exigió que el lesionado - real o ficticio - fuera retirado del campo para ser atendido afuera, obligándolo a pedir permiso para reingresar. La medida pareció justa y atinada. Pero rapidamente fue burlada, porque el "encamillado", una vez que supera el límite del terreno, ya solicita la venia para regresar. Lo peor es que los árbitros cada vez más aceptan esta trampa - quizás con la pretensión de eviarse problemas -, cuando en verdad deberían esperar al menos otra jugada para habilitar al "herido de muerte". No se puede transgredir en forma tan desleal y, en el caso de los colegiados, permitir tan artero proceder.

  Así, por causa de las exageraciones, hay permanentes discusiones. Especialmente en las áreas. Ariel Ortega, por citar un caso, es uno de los que más gustan de ellas. A veces han castigado su simulación. En otras, consigue injustos premios. No es cuestión ya de fingir faltas, sino el agrandar las consecuencias de roces leves. A más de uno de estos actores les ocurrirá - si ya no les ha ocurrido - lo del pastorcito y el lobo del viejo cuento de niños: no les creeran ni aun cuando sean víctimas de furiosas infracciones.

  Las dos cosas estan desnaturalizando el juego. Y afeándolo, por encima de inhabilidades y tosquedades. Ninguna de las dos deslealtades debe ser admitida. Y la FIFA, si lo ha anunciado, debe tomar cartas rapidamente. Así se beneficiarán tanto los espectadores como los mismos jugadores. Hay otros recursos para desequilibrar. Y la primera actitud ante el juego es respetar su propia ley.     (09/03/00)

 


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