Una isla alegre en el caos

por Guillermo Gasparini

Después de alcanzar un título en 35 años, el llamado "pueblo de Racing" fue el único eufórico en una Argentina crítica y desbarrancada. La caótica venta para el partido final, fue también el único desajuste en una multitud que colmó dos estadios - el propio y el de Vélez - en la misma jornada, festejó alrededor del Obelisco, recorrió calles en alegre desfile, sin un solo incidente. Mientras el resto de los argentinos peregrinaba sin suerte ante la puerta de los bancos y los cajeros automáticos, había otra gente que se desatendía de todo problema cotidiano para festejar como si fuera la última vez. "Ya lo ví campeón a Racing, no me queda más nada por hacer en la vida" dijo uno, con el último hilo de voz. Para que no se sintieran fuera de la Argentina, el mismo sábado que festejaban la conquista ante el Guaraní, el idealizado entrenador Reinaldo Merlo fue víctima del robo de su billetera y los documentos, en un bar bastante alejado de la cancha. Un llamado de atención del inconsciente colectivo quejoso y agresivo, como para indicarle a los exitosos que "no coman caviar delante de los pobres". Pero no hay nada que decirle a la consagración de los gloriosos "académicos" - reyes del fútbol desde las doradas épocas del amateurismo, en la segunda década del siglo XX - salvo que no fue un gran equipo de fútbol. El más regular, el que menos perdió, el que levantó algunos resultados fundamentales, el que nunca dudó de sus fuerzas. A principios del torneo había sido encarado como un conjunto - con 10 refuerzos a préstamo - que debía tratar de elevar su promedio, para evitar tener problemas con el descenso o la promoción. El objetivo era sacar entre 27 y 29 puntos. Al fín, lograron 43 y se coronaron campeones. Justos, dignos, inobjetables.                                                                       

Racing fue una estructura simple, basada en un entrenador audaz, un equipo consciente de sus propias fuerzas y un gerenciamiento administrativo que se preocupó por pagar los salarios en término. Reinaldo Merlo no era un DT acostumbrado a las grandes epopeyas; más bien, siempre había lidiado con problemas más que con soluciones. Fue audaz porque hizo cambios hasta encontrar el equipo adecuado - aun durante los partidos - y no dudó siquiera cuando debió sacar a alguna figurita. Apuntaló al grupo, como buen conductor, en los momentos complicados. En la valla tuvo un puntal como Campagnuolo, quien ya había salido campeón en la primera parte del año, con San Lorenzo. En la defensa creció la figura segura del rosarino Loeschbor, apuntalado por stoppers no muy regulares. En el medio creció el incansable Bastía, rodeado de la voluntad y cierta habilidad de los colombianos Viveros y Bedoya y por Gustavo Barros Schelotto. Más la presencia de Chatruc, un enganche atípico, hábil e impredecible, aunque no le sobrara mucha jerarquía. Y adelante todo se basó en las intermitencias del pícaro Maximiliano Estévez, oportuno y preciso. Lo acompañaron Milito y Maceratesi, turnándose y sin ser decisorios ninguno de los dos.

Todo conformó un plantel sin luces, voluntarioso, hambriento de gloria, impulsado en todo momento por una hinchada confiada y anhelante. En el balance final fue un equipo inferior, por ejemplo, al San Lorenzo campeón del Clausura 2001. Tuvo menos recursos, "menos volumen de juego", como se suele decir ahora. Y atrás de todo esto estuvo un grupo de accionistas desconocidos que deben afrontar el pago de más de 30 millones de dólares - la deuda consolidada - y que estos éxitos los ayudarán a generar recursos. Fue una buena combinación, a tono con los tiempos que se viven. "Ninguno de estos jugadores podrá ser adquirido por los mercados extranjeros", bramó en algún momento el mítico Ricardo Bochini. Seguramente es verdad. Pero también es cierto que, aun sin brillo, este grupo se alzó por encima de todos sus rivales. Con justicia.        

Repitió así históricas conquistas, como las logradas en 1949, 1950, 1951, 1950, 1961 y 1966. Quizás más cercana al equipo del 66 y más alejado de las tradiciones académicas que jalonaron su prestigio. Aquel equipo de José también era modesto, con mezcla de jóvenes y  jugadores de incierto presente. Pero sacaron fuerzas de flaquezas y no sólo se consagraron campeones sino que también lograron, al año siguiente, el primer título mundial del fútbol argentino, la copa Intercontinental de 1967. El recuerdo de esa gesta sirvió de símbolo para la actual, y no es poco. A veces fue ayudado por errores arbitrales, que también en algún momento lo perjudicaron. Es la ley del fútbol. No lo fue en más o en menos que otros campeones más rutilantes. Algunos quisieron ver bajo el agua y creyeron advertir en esas ayudas externas, una mano que promocionaba la solución del gerenciamiento para todos. Es verdad que Racing sobrevivió en estado de quiebra, quizás fuera de leyes y reglamentos. Pero en la misma situación están muchísimas otras empresas en la Argentina. La solución que encontraron los racinguistas no indica que el modelo puede ser transplantado sin más a otras instituciones quebradas. Pero ese será, seguramente, el debate que se venga para el futuro inmediato. (2/1/2002).


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