Una bocanada de aire puro
por Guillermo Gasparini
Es estos tiempos de tanta polémica insólita alrededor de las lealtades personales de los entrenadores respecto de sus colores futbolísticos, poco se hace hincapié respecto de sus preferencias futbolísticas. Los DT son encasillados como “ofensivos” o “defensivos”, “especuladores” u “oportunistas”, “trabajadores” o “vagos”, siempre con este tipo de frases, sin entrar a desmenuzar el estilo que el profesional profesa. Nos faltan puntos para escaparle a la promoción, queremos expertos que nos coloquen en las copas internacionales, buscamos el perfil que nos lleve al título, son los justificativos que se esgrimen a la hora de definirse por uno u otro candidato. En muy pocas ocasiones, o casi nunca, se estudia a fondo acerca de su capacidad para cumplir con esos objetivos fijados.
Sabiendo que nadie tiene la varita mágica para conseguir resultados, llegan como una bocanada de aire fresco las declaraciones de Claudio Borghi, profusamente distribuídas en todas las audiciones radiales y televisivas, ya en su puesto de nuevo entrenador de Independiente.
Sorprende lo que no debería sorprender: el estilo sobrio de Borghi no transforma al juego en una lucha de vida o muerte. Casi sin conocer a los jugadores que le toca dirigir, dice que colocó un delantero por un defensor “como cuando uno juega un número a la ruleta”. No asume merecimientos de otros, al afirmar que toda esta última tarea exitosa le pertenece a “Pepé” Santoro. Y que si Independiente, por esas cosas, logra clasificarse campeón del Clausura, será por el mérito de tres entrenadores: Troglio, Santoro y Borghi. Cuando era jugador llamaba la atención por sus lujos y por la claridad de panorama que tenía. Quizás era algo díscolo, volcándose luego a creencias religiosas que lo calmaran. Se fue haciendo entrenador en equipos chicos de Chile y luego, pacientemente, armó en Colo Colo una sobria maquinita de ganar títulos. Aunque debiera organizar equipos distintos en cada temporada, por las continuas ventas. Y luchando también contra una crisis financiera de la institución chilena (casi al estilo Racing...).
En ningún momento, en esa etapa, bajó los brazos ni denunció que así era imposible trabajar. Igual que ahora actúa en Independiente, hacía su trabajo en la semana y el domingo miraba y gozaba con el rendimiento del equipo. Nunca fue de los que se desgañitaban y corrían alocadamente por el lateral. Confía en la independencia del jugador de fútbol, no lo atosiga con gritos que solo pueden confundir al atleta. Borghi sabe eso de memoria: si el jugador de fútbol no sabe resolver situaciones dentro de la cancha ¿para qué juega?
Algunos interlocutores periodistas se sorprenden cuando lo escuchan decir que “jugará sin enganche”. ¿Cómo puede cometer ese sacrilegio?, piensan. Pero él los desasna: “es que no hay ninguno”. Lo mismo intentó decir un año entero La Volpe, sin poderlos convencer. Ambos coinciden en que Riquelme es el último de los mohicanos en la posición. Y Borghi reafirma que, además, el boquense es un jugador de otra dimensión: “nosotros, los normales, pensamos a quien le vamos a pasar la pelota. Pero él ve dos o tres opciones distintas, todas buenas”. Con naturalidad y un gracejo aun “achilenado”, el ex compadre de Maradona confiesa que ya no juega porque no le da el físico. “A mi me gusta fumar mientras veo los partidos. Por eso, en casa, la TV que está en el dormitorio no tiene codificador. Para ver el partido, me tengo que ir a la cocina, que ése si lo tiene”. Y hace reir con esa sencillez de expresión.
Quiere volantes que se muevan y que pasen por afuera, abriendo la cancha. No se preocupa si a él le gusta jugar con 3 defensores y sus jugadores están acostumbrados a los 4 habituales. “Todo lleva trabajo. Pero yo no le impongo nada a ningún jugador, será una cuestión de consenso”. También dice que disfruta más cuando se gana jugando bien. Aunque “no come vidrio”: festeja un triunfo como cualquiera. Si puede, no viaja en avión; prefiera hacer largos kilometrajes por carretera. Tampoco tiene apuro, entonces. Y esa, universal y tradicionalmente, es la mejor manera de llegar, desde los tiempos de Napoleón Bonaparte. (20 de mayo de 2008)