Después de Chile, una reflexión necesaria

por Guillermo Gasparini

  Aun los argentinos siguen sorprendidos por la excelente actuación de la selección nacional ante Chile, por la primera fecha de las Eliminatorias sudamericanas. Pasaron unos días después de ese miércoles mágico, pero la satisfacción se mantiene. El 4/1 y, fundamentalmente la convincente labor, devolvieron la esperanza a los aficionados, que desde hace tiempo quieren ver ganador al conjunto albiceleste (el último título se festejó en 1993, en esa copa América jugada en Ecuador y definida ante México con dos goles de Batistuta).

Atrás quedaron las dudas que despertaron algunas anodinas realizaciones registradas en el llamado ciclo Bielsa. Especialmente desencantó el empate 0/0 ante Inglaterra, en el mítico estadio de Wembley. Los amantes de los simples resultados se conformaron con haber igualado en la llamada Catedral del Fútbol (a punto de ser demolida para dar paso a otro escenario más moderno). Pero la gente común, mal que les pese, no se conformó sólo con él, como antes tampoco los había entusiasmado el triunfo logrado frente a España, con un extraño gol de rebote logrado por Cristian González y un cabezazo de Pochettino. Para el aficionado, que ansía resultados pero también actuaciones convincentes, esos desempeños fueron tan grises como los realizados en la Copa América jugada a mitad de año en Paraguay.

Y no es sólo por el supuesto paladar fino de los hinchas albicelestes o el reconocimiento de una identidad histórica representativa. Cambian las generaciones, surgen nuevos ídolos, explota en el mundo una necesidad imperiosa de éxitos que hace prevalecer el triunfo sobre los métodos de cómo alcanzarlo (así lo reconoció el mismo entrenador argentino Marcelo Bielsa). Pero hay genes que a lo largo del transcurrir se mantienen inalterables. A veces, sumergidos; pero que renacen ante la más mínima posibilidad. Son los mismos que permiten que en esta tierra argentina sigan surgiendo jugadores de clase mayor como Aimar, Riquelme, Saviola, Manso, Ezequiel González o, más recientemente, Moreno. Llegan de Córdoba, de Santiago del Estero, de Santa Fe o del Bajo Belgrano porteño, pero todos siguen teniendo el sello que los identifica como jugadores de fútbol argentinos. Y los aficionados, esos que no juegan y que no han podido ser héroes ellos también de los grandes clásicos, reconocen esas calidades y las disfrutan. Por eso aplauden a Riquelme en ese Boca de transpiración y esfuerzo, o a Romagnoli, de este actualmente San Lorenzo puntero del campeonato, tan poco afecto a las exquisiteces.

Ellos diferencian, por decirlo de alguna manera, a Zanetti o a Verón del Piojo López. Festejan los goles de todos, pero esperan para regocijarse los lujos de algunos. El fútbol necesita de todos, pero hay cosas que se degustan más que otras. Un túnel (o caño) bien ideado y concebido, se aprecia más en Argentina que en Italia. Para algunos es un adorno innecesario. Para otros, es la sal del juego.

Esas diferentes capacidades individuales necesitan complementación dentro del campo. No siempre los rendimientos son iguales, es difícil que un mismo jugador pueda mantener su pico alto de rendimiento muchos meses seguido, sin alteraciones. A veces, en un equipo, las menguadas efectividades de unos deben ser complementadas por el fragor de otros para que ese disminuir no se note en el conjunto. Por eso se requieren virtudes desiguales en un plantel y por eso también se necesitan entrenamientos previos para alcanzar el objetivo propuesto. Viene esto a cuento sobre la duda que en algunos corazones se ha instalado ahora: por qué los mismos que aburrieron en Wembley, poco más de un mes después, estallaron positivamente ante Chile?

Rescatamos aquí los dichos del propio Bielsa, apenado por la tardía entrega de los jugadores por parte de los clubes europeos, pero satisfecho por haber realizado, a lo largo de un año, 100 entrenamientos con estos jugadores. Algo, dijo en su momento, que no pudieron hacer otras selecciones importantes en el mundo. Hablamos de entrenamientos estilo Bielsa, no de simples "picados" informales. Y a esto hay que agregarle que la base del conjunto hace mucho tiempo que actúa junta. Como que si comparamos el último equipo que presentó Argentina en el Mundial Francia 98 con este que inauguró las Eliminatorias en el 2000, casi no hay diferencias. El conocimiento, entonces, entre estos jugadores, es muy grande, por encima de ocasionales bajones estacionales.

Estuvieron ante Holanda, en Francia, Roa, Ayala, Sensini, Chamot, Zanetti, Almeyda, Verón, Simeone, Ortega, Batistuta y Claudio López. Y frente a Chile, casi dos años después, en River, Bonano, Ayala, Samuel, Pochettino, Zanetti, Simeone, Verón, Cristian González, Ortega, Batistuta y Claudio López. Un cambio de arquero obligado por el retiro de Roa, la aparición de Samuel que relegó a Sensini y Chamot al banco, la preferencia de Bielsa por Pochettino y la ausencia de Almeyda por lesiones ("el jugador que más me quedé con las ganas de ver", dijo el entrenador). Muy pocos cambios, la base fundamental se mantiene.

En las anteriores Eliminatorias los jugadores más utilizados por Daniel Passarella fueron Ortega(15), Simeone(13), Sensini(12), Claudio López(12), Ayala(12), Almeyda(12), Crespo(10), Chamot(9), Pablo Paz(9), Verón(9), Zanetti(9), Batistuta(7), Hugo Morales(7) y Roa(7). De esta lista solo desaparecieron Paz (reemplazado en función y estilo por Pochettino), Morales y Roa. Un equipo que Passarella, tras buscar pacientemente, encontró en el final del primer año de Eliminatorias, en Colombia, ante los locales, cuando Argentina ganó con un gol de Claudio López. Y que luego mantuvo hasta el fin de su ciclo, haciendo reaparecer incluso a su goleador, Batistuta, porque él seguía prefiriendo a Crespo en el centro del ataque.

Son todos jugadores que han acumulado muchos partidos internacionales sobre sus espaldas. Simeone y Batistuta llevan casi 10 años con la blanquiceleste y ya alcanzaron o están a punto de hacerlo o pasar en cantidad de presentaciones a los íconos de las etapas anteriores de la selección: Ruggeri y Maradona, Passarella y Gallego. Ortega apareció ya en el Mundial de 1994, Sensini estuvo en 1990. El resto fue surgiendo después del 94. Los más nuevos son Samuel, Pochettino, Bonano. Y esperan su aparición más estelar Aimar y algunos otros. Como si eso fuera poco, Simeone, Almeyda, Verón y Sensini juegan juntos en el medio campo del Lazio italiano. Simeone, antes, jugó dos temporadas con Zanetti, en el Inter. Almeyda y Ayala jugaron mucho con Ortega en River. Kily González y Claudio López están en el Valencia. Son los mismos jugadores desde hace tiempo y se conocen de sobra.

Finalmente, para que aparezcan actuaciones como la realizada ante Chile (que hizo recordar a esa brillante sensación de aplastar al adversario que sólo registra como antecedente las rotundas labores de Brasil como local) debe pesar el estilo particular de cada entrenador. Con los mismos entrenados, Bielsa es más ofensivo que Passarella, hecho a la escuela italiana. Bielsa pidió ahora no sólo "protagonismo", ese término que tanto utilizaba el Kaiser, sino también decisión de ataque. Y recomendó presión sobre el rival y desbordes por los laterales, ese recurso que él mismo definió como "el más significativo del fútbol de ataque". Así lo reconocieron los mismos jugadores, quienes también se encargaron de destacar que los había impulsado un aliciente extra en el partido: la necesidad de demostrar que querían la camiseta argentina, más allá de desarrollar sus tareas habituales muy lejos del país.

Un detalle para destacar: ni se piense que este equipo, aun sin grandes cambios, mantenga este nivel de rendimiento hasta el fin de las Eliminatorias, allá por noviembre de 2001. No es normal ni posible. En como equilibrar estos desniveles futbolísticos, atléticos y anímicos será, también, la tarea del conductor. Aunque por ahora se siente sólo un seleccionador. (03/04/00)

 


volver al menú principal