Una selección desinflada

por Guillermo Gasparini

Argentina, la gallarda favorita, ya comenzó el camino de regreso de la Copa del Mundo 2002. No pasó la primera ronda. Lo que ni en los peores pronósticos podía imaginarse, ocurrió. El llamado "grupo de la muerte" fue la barrera para un conjunto que en los tres años previos a la disputa del torneo se había dedicado a acumular méritos y admiraciones. Con la cabeza gacha, el poderoso equipo que arrasó en las eliminatorias sudamericanas, superó ensayos amistosos con las fuerzas más variadas, mantuvo un invicto de casi dos años, sucumbió apenas al escollo inicial con un triunfo sobre Nigeria, una caída ante Inglaterra y un empate frente a Suecia. Apenas dos goles a favor, en 270 minutos.

Reviendo los tres compromisos que redondearon la decepción albiceleste – no clasificar significó un fracaso, según había anticipado el propio entrenador Marcelo Bielsa – puede advertirse que la actuación fue sumamente irregular. Buena ante los africanos, intrascendente ante los británicos e impulsiva y frustrante frente a los nórdicos. Algunos, pese a todo, calificaron al último encuentro como el mejor de los realizados, aunque esto ya es anecdótico. En el balance, Argentina se enfrentó a tres adversarios que, con sus características, prefirieron esperarlo con un bloque defensivo de generalmente 8 hombres, especulando con el contragolpe afortunado. Los albicelestes no pudieron derribar ese muro de camisetas adversarias y sufrieron las réplicas, en mayor o menor medida. A la postre, no sólo quedaron descalificados por su impericia ofensiva: en el arco propio sólo recibieron un penal y un tiro libre.

Ese tipo de oposición era previsible para un entrenador tan estudioso como Bielsa. "Los estamos enfrentando desde hace dos años", comentó antes de la despedida. Concretamente, antes Argentina lo había sufrido con Bolivia en Buenos Aires (ganó con un remate de media distancia de Gustavo López), Paraguay en Buenos Aires (empató), Brasil también en Buenos Aires (el partido se definió con un gol en contra, cuando la igualdad parecía sellada). Con semejantes antecedentes y esta hecatombe de ahora, sin duda puede interpretarse que en todo el período Bielsa no pudo hallar el antídoto necesario.

¿Por qué? Pueden haber varios motivos. Globalmente analizada la actuación en Japón, a Argentina no le faltó posesión de la pelota, volumen de juego, ni voluntad de ataque. Fue generoso en su despliegue. Quizás no tuvo calidad de juego, no supo crear situaciones favorables en proporción a ese protagonismo. Y no porque le hayan faltado jugadores de mayores técnicas, como algunos reclamados por distintos sectores antes del torneo ("las lágrimas que no se lloraron en su momento, luego no sirven", dijo alguien alguna vez). El plantel tenía jugadores que administraban habitualmente su vértigo. Y en la cita mundialista, fallaron. No brillaron ni cumplieron su cometido en el conjunto.

Juan Sebastián Verón es el primer apuntado. No puso en el equipo todo lo que se esperaba de él. Ariel Ortega y Pablo Aimar tejieron en algunos momentos maniobras que amenazaban romper con los cercos, aunque no prosperaron demasiado. El circuito Juan Pablo Sorín-Kily González no funcionó como generador de desbordes, aunque los dos tuvieron destellos de su reconocida clase. Zanetti, patético en su generoso trajinar, no dejó de lanzar pases hacia atrás. Marcelo Gallardo o Gustavo López no tuvieron oportunidad de jugar.

Argentina, teniendo la pelota, se acercó poco a las áreas contrarias. Salvo con repetidos centros que llenaron de chichones a los defensores rivales. No hubo pases acertados, ni maniobras inquietantes en las bocas de las áreas. Casi no gozó de infracciones cercanas a los arcos, porque pisó poco esos ámbitos con posibilidades de desequilibrio. Sus implacables goleadores, Gabriel Batistuta y Hernán Crespo, tocaron muy poco la pelota en los tres partidos. Como piezas de definición de las maniobras – como suele calificarlos el entrenador – casi no fueron habilitados.

¿Por qué falló Verón? El jugador del Manchester United, como otros integrantes de ese lote de competidores internacionales que juegan dos o tres partidos por semana, todo el año, no llegó en buenas condiciones a Corea/Japón. Un problema común no sólo a casi todos los jugadores del plantel argentino, sino también arrastrado por franceses, italianos, alemanes, españoles y brasileños, más allá de la suerte que tengan o hayan tenido en el certamen. Las necesidades del negocio del fútbol obligan a los principales jugadores a maratones interminables de ligas, copas locales, copas internacionales, amistosos de selecciones, torneos continentales. No tienen necesarios tiempos de descanso. El Mundial se jugó apenas 15 días después de finalizados muchos de esos torneos. Hay un stress muscular que obnubila mentes y músculos.

Bielsa sabrá las razones por las que Verón, Ayala, Caniggia y Sorín llegaron semilesionados al torneo. Crespo, Batistuta, Simeone, Claudio López, estaban reponiéndose de dolencias de variada magnitud. El grupo, en general, no llegó al Mundial en el pico de su rendimiento. Quizás ese punto se había logrado un año antes, cuando promediaban las eliminatorias. En los últimos 12 meses y en cada uno de sus clubes, Verón, Gallardo, Crespo, Batistuta, Claudio López, Simeone, Kily González, no tuvieron buenas temporadas. Sólo ese buen rendimiento se puede aplicar al agotado Sorín en Brasil, a Placente en Alemania, a Aimar en España, a Ortega en Buenos Aires.

Los opinadores drásticos que se guían sólo por los resultados ya comenzaron a decir ahora que este grupo básico ya fracasó en los Juegos Olímpicos del 96, las Copas del Mundo 98 y 02, en el ínterin no ganaron ninguna Copa América. Ese motor llamado "hambre de gloria" de la mayoría que se suponía canalizaría las ambiciones, no funcionó otra vez. Al equipo le faltaron piernas y hasta actitud para llevarse al adversario por delante. Jugaron como resignados a su suerte. En eso los casos de Argentina y Francia, los dos grandes favoritos de esta Copa del Mundo – según adversarios, técnicos, casas de apuestas – se parecen. Los dos, con sus grandes oropeles, estrellas y goleadores, murieron "con las botas puestas", sin poder quebrar la inexorable adversidad. Otra vez será. (12/junio/2002).


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