La fórmula del éxito universal

por Guillermo Gasparini

Muchos se preguntan si hay una fórmula única para jugar bien al fútbol o son vastas las maneras de llegar al éxito y al aprecio pateando una pelota. En el análisis, generalmente se mezclan consideraciones sobre estilos, habilidades individuales, técnicas y tácticas impuestas por los sabios modernos, los entrenadores. Durante muchos años lo que hacían los brasileños estaba al tope de la consideración universal, en la medida que sus equipos y jugadores estaban permanentemente aliados con la victoria. Eran el summun de la riqueza y el gusto por jugar atractivamente al fútbol. En el extremo opuesto, muchas veces con la misma eficiencia pero sin la misma belleza en el método, estaban alemanes e italianos, prácticos a la hora de desarrollar tácticas efectivas, temperamentos arrolladores y constancia en pos del objetivo.

En medio de esos paradigmas estaban todos los demás. Argentinos y uruguayos, muy cerca en exquisitez y vistosidad a los brasileños, seguramente también ambos más temperamentales que los brasileños. Europeos varios sin matices diferenciadores – salvo, quizás, la fórmula inglesa de simple y efectivo juego de ataque – respetuosos de teutones y peninsulares. Según como les vaya en el mercado de los resultados a estos exponentes de los diferentes estilos, se bajará la línea sobre las mayores o menores bondades de cada uno. Olvidando, casi siempre, que en este juego de la pelota, el éxito y el fracaso casi siempre dependen de un remate que ingresó en el arco o rebotó en un poste, o del afortunado rebote que cayó en los pies del goleador o pegó en la espalda del defensor.

Las tácticas no son de utilidad universal. Las características de los íntérpretes siempre le darán un sello identificatorio a las representaciones. En un juego que es dinámica de lo imprevisto – como lo definiera el maestro periodístico Dante Panzeri hace muchos años – y donde lo que uno quiere desarrollar choca permanentemente con los intereses de los jugadores adversarios y la caprichosa volatilidad de la pelota, no hay una conducta ni un sistema que puede ser aplicado en todas partes con la misma eficiencia. Así les ha ocurrido a todos los que han intentado copiar los movimientos de brasileños, argentinos y uruguayos, o a los que pretendieron imitar a alemanes, italianos o ingleses, sin la misma fortuna.

Viene a cuento toda está reflexión a propósito de distintas circunstancias que se dan en el fútbol argentino de estos días. Por un lado, están los que ven al funcionamiento de la selección argentina de mayores, cómoda y distanciada puntera de las Eliminatorias, como un modelo a seguir por el resto. Con su dinámica europea – casi todos sus integrantes militan en equipos de ese continente – y su falta de identificaciones rioplatenses en sus entregas. Argentina, con la conducción de Marcelo Bielsa, juega con una línea de 3 defensores, dos volantes laterales abiertos, uno central no demasiado alejado de los del fondo, un volante de enganche de defensores y delanteros, dos extremos laterales y un delantero central de punta. Ese es el modelo, que no ha sido cambiado casi nunca por el técnico. Cambian nombres – por lesiones, suspensiones, transitorias ausencias – pero no se modifican las funciones. Y los resultados, en el ámbito internacional, han sido casi siempre positivos. De allí la identificación que muchos hacen con la supuesta verdad absoluta del fútbol.

Pero por el otro, por ejemplo, está el permanente ganador en el ámbito de clubes, Boca Juniors, con sus pocos puntos de contacto con ese esquema Bielsa. Es más: el sello que define muchos movimientos boquenses - los ardides y las gambetas de Juan Román Riquelme - casi nunca ha sido utilizado por el seleccionador nacional. Lo que es altamente positivo para uno, es desdeñado por el otro. Y allí está Boca, con la simpleza de su juego parecido a los italianos en muchos aspectos, típicamente argentino en Riquelme, ganándole a casi todos en los torneos locales y continentales. Carlos Bianchi para a Boca con una línea de 4 defensores, uno o dos volantes centrales, dos volantes laterales más atados a tareas de recuperación que de evolución ofensiva, Riquelme, y un (muy eventualmente dos), delantero. Pocas veces avanza con la resolución del seleccionado. Generalmente se maneja más cómodo actuando de contragolpe, aun en su propia cancha de la Bombonera. Los resultados han sido en los últimos años, muy positivos. De allí que un gran porcentaje de los críticos aprecian a este esquema como el de mayor significación.

Uno también ve a los chiquilines del seleccionado sub 20, con ese desparpajo que les da la juventud pero también con la confianza que les brinda su entrenador José Pekerman, mostrando su repertorio de paredes, gambetas, caños, tacos y lujos, en un ámbito de buen gusto y buenos resultados. Saviola, Romagnoli, Maximiliano Rodríguez, D’Alessandro, Rosales, son típicamente argentinos. Y también se ve que un River, que quizás desarrolló en los dos partidos finales del torneo Clausura (ante Huracán y Lanús), fundamentales por la lucha del título, exhibiciones futbolísticas notables, angustiado por la ocasional falta de resultados. Lo que obligó a sus dirigentes a remplazar rápidamente a su entrenador, entre la satisfacción de sus aficionados. Pero no es fácil hallar en el ámbito argentino un accionar tan perfecto, mezcla de presión, riqueza técnica, variación táctica y contundencia, como el que realizó ese equipo de River en esos lapsos – de 30 o 40 minutos de duración – en los que no dejó a sus ocasionales adversarios pasar la mitad de la cancha. No consiguió marcar goles; por ende, no consiguió resultados. Aunque futbolisticamente lo suyo tuvo mucho nivel, no sirvió para analistas y espectadores.

Sirve lo de la Selección nacional, aunque no sea típicamente argentino, y lo de los chicos sub 20. Sirve lo de Boca y San Lorenzo, aunque dependan de un solitario goleador para vencer, y no sirve lo de River, aunque su demostración se nutra de las más habituales características argentinas. Fútbol imprevisto, dinámico y, por suerte, desprovisto de fórmulas universales valederas. (22/06/2001). 


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