Fútbol Argentino on line/ Guillermo Gasparini

Aprendiendo de los fracasos

(El sueño del Dream Team que no fue)

por Guillermo Gasparini

El fracaso en un torneo - como ocurrió con el seleccionado argentino que no pudo clasificarse para los Juegos Olímpicos Sidney 2000 - suele emparentarse con el desánimo, el dolor, la decepción y, por sobre todo, con el enojo. En Brasil no apareció el dream team argentino ni por asomo. Y en el regreso al país, se repiten las críticas al director técnico - el hasta ayer exitoso José Pekerman - y surgen las dudas sobre las capacidades de los jugadores que no rindieron como se esperaba. Algo parecido habían vivido los argentinos cuando también fracasaron en la Copa América 1999. Así como ahora caen sobre Aimar, Saviola y Riquelme los calificativos de "agrandados", "ïnflados por el periodismo", antes golpearon sobre Palermo, Calderón y Guillermo Barros Schelotto con el duro epíteto de "jugadores de cabotaje". Es decir, que no pueden trascender internacionalmente.

Se pasa de un extremo al otro, con absoluta facilidad. Del exitismo a la denostación, sin escalas intermedias. En otro parecer incluído en esta misma página - Esperando al dream team - advertíamos sobre un concepto dictado por la experiencia y por el haber visto mucho fútbol en nuestra vida. Decíamos, refiriéndonos a las expectativas de Pekerman: " Y sabe, como buen DT alejado de tacticismos y milagrerías, que los buenos equipos surgen cuando coinciden los momentos de esas figuras que él como conductor elige. "Según le suene la flauta a cada uno" se solía decir. Y en la historia del fútbol argentino hay antecedentes de sobra como para certificar que no siempre la gran conjunción de nombres ha dado los resultados deseados".

Es que no es la primera vez que el conjunto soñado no aparece. Entre otras cosas, porque los rivales también juegan. E inciden en los resultados. Todos los adversarios de los argentinos en el preolímpico encimaron a Aimar, buscaron desequilibrarlo con infracciones y empujones, trataron de aislarlo de sus compañeros. Una táctica conocida, que quizás debió ser compensada por otras variantes. Pero el equipo no encontró respuestas alternativas. Quizás por el cansancio - todos los jugadores, al igual que los rivales, venían de un 99 agotador y no gozaron de las merecidas vacaciones -. A lo mejor por la falta de necesarios entrenamientos conjuntos. Fundamentalmente, porque varios de los elegidos ofrecieron lo máximo de sus rendimientos, pero aun así no alcanzaron a compensar las ausencias de los más dotados: Aimar, Riquelme, quizás Messera.

En este fútbol actual sin supercracks en todo el mundo, los que están un escalón por encima del resto sobresalen cuando están en su día. Ocurrió con Zidane en el Mundial 98, con Rivaldo en el Barcelona 99, con Aimar en River y Riquelme en Boca, a lo largo de todo 1999. La realidad marca que ninguno de ellos es una máquina y que tienen altibajos, como cualquier ser humano. Y ese declive lo sufre inevitablemente el equipo. Ahora no hay un Maradona, un Pelé, un Cruyff, un indiscutible, en ningún lado.

Todo lo bueno que puedan hacer los Milito, Cufré o Scaloni, puntos altos del equipo albiceleste en el preolímpico, por su propia naturaleza no pueden compensar lo que no consigan crear los Aimar y Riquelme. Están, como Cambiasso, como Markic, como Placente, como Duscher, para obstruir al rival, para recuperar la pelota, para sorprender con un desmarque o ganar con un cabezazo. Pero no pueden, por limitaciones técnicas, indudablemente, crear, desequilibrar con un toque o con un cambio de frente inesperado.

Los equipos de fútbol son lo más parecido a una orquesta. Allí pueden interpretar una partitura los altos, los bajos, los flacos, los gordos, los rubios, los morochos. Está la línea de cuerdas, los vientos, la base de percusión, todos son importantes. Pero brillan, porque son diferentes, el primer violín, el pianista, el solista. Siempre fue así y así será. Y pese a no ser un axioma de cumplimiento permanente, es habitual que el fracaso de los solistas lleve al fracaso del conjunto. Aunque, en el juego, siempre está abierta la posibilidad de un zapatazo salvador, de un rebote afortunado, de un error del arquero adversario, que haga variar la suerte.

Decíamos en Esperando al dream team: "La simple acumulación de figuras no garantiza calidades ni resultados. Un ejemplo puede ser el Inter italiano de las últimas temporadas. O el Real Madrid actual. La flauta le tiene que sonar a varios el mismo día o el mismo torneo, el circuito de genialidades se tiene que dar al unísono. Nadie duda de Riquelme, de Aimar o de Saviola. Ni de ninguno de sus compañeros. Pero cada vez que salgan a la cancha, tiene que estar en su día para que el dream team soñado sea una realidad. Y todos tienen que saber, más allá de esos titulares periodísticos catastróficos que los maltrataran si no llegaran a clasificarse, que ganar o perder, ganar jugando bien o jugando mal, perder jugando bien o jugando mal, son imponderables de este juego llamado fútbol".

Si colocar de un lado a los mejores y del otro a los peores asegurara la concreción de un resultado, el fútbol no tendría la magia y el atractivo que realmente alcanza en todo el mundo. Ni aun los mejores dreams teams pueden jugar todo el tiempo de la misma manera. El mejor ejemplo es el dotado equipo brasileño que ganó el preolímpico, que sólo brilló con todas las luces ante Colombia, Argentina y Chile. Pero no pudo hacerlo ni en el partido inicial con el mismo Chile ni en el encuentro final, ante Uruguay. Ni Ronaldinho ni Alex ni sus compañeros, como decimos líneas arriba, son máquinas.

Cómo es posible que el modesto Alavés venza al lujoso Barcelona?. O que el duro Deportivo La Coruña le convierta 5 goles al Real Madrid de las grandes figuras?. O que el refulgente Inter no pueda ganar la Liga, a pesar de los Ronaldo, Baggio y tantos otros?. O que el mismo Chile que se clasificó para Sidney haya perdido 5 a 1 con el Colombia que luego cayó 9 a 0 con Brasil?. En el fútbol pesan y siempre han pesado otros imponderables. Si sólo fuera una cuestión de calidades técnicas individuales, los brasileños deberían ganar todos los torneos a los que asistan. Porque desde hace tiempo evidencian una clara superioridad sobre el resto. Son los distintos del fútbol mundial y por eso sus jugadores brillan en todas las ligas. Pero a veces no consiguen demostrar esa distinción. Y pueden perder con Argentina, Francia, Nigeria o cualquiera.

"Fútbol, dinámica de lo imprevisto" decía el maestro periodístico Dante Panzeri. No es cuestión, ahora, de desahuciar a los Aimar, Riquelme, Saviola, porque no triunfaron o porque jugaron mal. Ni tampoco cargar el peso de las responsabilidades sobre Pekerman, que los eligió y guió desde afuera de la cancha. Si aceptamos como válidos sus antecedentes y creemos en su valía, tendrán más adelante otra oportunidad. En fútbol, como en la vida, no siempre se gana. Y el sueño de jugar siempre bien no es otra cosa que eso, un sueño.(08/02/00)


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