Furias alrededor del fútbol

por Guillermo Gasparini

  El fenómeno no es solamente argentino, pero poco a poco las actitudes violentas que suceden en los estadios de fútbol y sus alrededores están alejando a los espectadores pacíficos, resignados a ver a sus equipos favoritos a través de la pantalla del televisor. "Ir al fútbol", como se decía antes, ya tiene mucho de aventura, porque no se sabe a ciencia cierta cuando y como se vuelve. El pasado martes 6 de septiembre cayó la víctima número 139 en el fútbol de estas tierras, después que un grupo de aficionados de Talleres atacara a otros simpatizantes cordobeses en el estadio Chateau Carreras a punta de cuchillo. Los estudiosos del tema precisaron entonces el dato: hacía 10 años que no se producía un muerto en el interior de un estadio; pero la lista es mucho más gruesa si se contabilizan fallecidos en las afueras de esos escenarios.

  Y esta breve introducción sirve para ver el problema desde sus distintos ángulos. En la Argentina, como también sucede en otras partes del mundo, el aficionado de fútbol ya ha cobrado otro protagonismo, no se resigna a ser simplemente un espectador. Los que antes acompañaban con sus cantos y vítores - la parcialidad de Boca llegó a ser bautizada como "el jugador número 12'' del equipo - ahora disputan en medio de las tribunas otras situaciones de poder. Las banderas no muestran sólo los colores del club predilecto, en letras más grandes se destacan las zonas de pertenencia de quienes las detentan. Y las primeras reyertas tienen que ver con el lugar de privilegio en donde se las colocan. Teniendo en cuenta, incluso, la facilidad para ser vistas por los teleespectadores. Muchos, incluso, ni siguen el desarrollo de los partidos, porque asisten a los espectáculos de espaldas, controlando a "seguidores" y ''enemigos".

  Para el sociólogo francés Alain Touraine es una consecuencia del proceso de identificación que inician los grupos de este nuevo milenio para sobresalir en la uniformidad globalizada. Las minorías, pacíficas o violentas, buscan así su trascendencia. Un antropólogo de la misma nacionalidad, Christian Bromberger, de reciente paso por Buenos Aires, también destaca que entre los roles que se reparten en el masificado espectáculo futbolístico, las barras quieren ocupar uno tan significativo como el que desarrollan los propios jugadores. Por eso los visitan en los lugares de entrenamiento, "los aprietan", les piden esfuerzo y dinero.

  Hay hitos en el mundo que refuerzan estos conceptos. Las barbaries desatadas por los hooligans en sus salidas al continente europeo - dentro de las islas han podido controlarlos -, los aficionados alemanes que casi matan a un gendarme francés durante el Mundial de 1998, las batallas que cada tanto se dan en trenes y bares italianos. Todos crímenes que, como en la Argentina, se cometen en nombre del fútbol.

  Los hinchas argentinos pelean en batallas internas, como las que se produjeron en Córdoba o, a principios de año, entre hinchas de Boca, afuera del estadio Mar del Plata, o de Chacarita, en el propio centro de la ciudad suburbana de San Martín. En general estas luchas tienen que ver con el favoritismo ante los dirigentes para recibir entradas de favor y ayuda económica para los viajes hacia otros estadios, cuando no para la compra directa de drogas. Hace no más de 8 años un ex jefe de la barra de Boca, ahora encarcelado por otro crimen, comandaba una Fundación, nada menos. Que pretendía tapar con una fachada lícita - los dirigentes los llamaban "socios caracterizados'' - las tropelías que desarrollaban en otros ámbitos.

  También pelean contra otros hinchas, los que vistan otros colores. Esto se ha hecho más dramático desde que los aficionados - por una cuestión de protagonismo y marketing - lucen las casacas preferidas desde que salen de sus casas. La alegría por mostrarse afín a un club transforma a sus detentores en "blancos fáciles'. Alguien puede ser atacado cuando viaja en un omnibus o en un tren. Alguien puede perder la vida, como sucedió este año en Santa Fe, a más de 40 cuadras del estadio donde se había jugado el partido en el que su equipo venció al de sus agresores. Los ataques y emboscadas pueden realizarse contra un individuo o un grupo. Y, tras el desenlace de muertos y heridos correspondiente, hasta es común que el ataque y su resultado sean reivindicados en los cánticos posteriores. Es "amargo" quien no presenta batalla. El oponente recibe hirientes coros que le recuerdan que "no existís", o directamente le avisan que "te voy a matar".

  El protagonismo de este nuevo tipo de hinchas hace que sean capaces de provocar la suspensión de un partido lanzando las prohibidas bombas de estruendo a la cancha o trepándose a los alambrados perimetrales. Esto pueden realizarlo para advertir a los dirigentes que no los consienten o para frenar el desarrollo de un encuentro que no los favorece. No importa que la justicia deportiva los castigue con pérdidas de puntos o suspensiones, ellos están por encima. Y, como ocurrió hace dos meses en un partido de tercera división, la turba puede ingresar a un campo de juego para golpear y castigar a los futbolistas visitantes.

  Hace dos años a través de la decisión de un juez, esta temporada por impulso del propio gremio de futbolistas, casi simbólicamente, se paró el espectáculo por uno o dos fines de semana. Para impulsar la reflexión de la sociedad y empujar a los dirigentes - los deportivos y los políticos - a elaborar soluciones. Pero las discusiones, reuniones, cambios de reglamentos y promesas de nuevas leyes no consiguen poner freno a tanto descontrol. Porque siguen habiendo dirigentes que entregan entradas - a veces, por miedo, especialmente en los clubes chicos -, empleados que abren puertas y alivian condiciones de ingreso, jugadores que ayudan financieramente "a los muchachos'', policías que hacen la vista gorda ante los excesos. Y hasta jueces que, como realmente ocurrió, reciben a "barrabravas" procesados para que les entreguen camisetas de recuerdo.

  Los clubes fueron obligados a instalar complejos sistemas de video que les demandaron un gasto promedio de 600.000 dólares, para controlar a los revoltosos dentro de los estadios. Pero casi nunca hay detenidos, como sucedió esta semana después de la muerte ocurrida en Córdoba. En el clásico del domingo pasado, entre Huracán y San Lorenzo, hubo un policía cada 20 espectadores, porque se temían revanchas de muertes mutuas anteriores. Generalmente los clubes se ven obligados a invertir 100 mil dólares por partido para reforzar la presencia policial en los espectáculos; los de menos recursos suelen ser ayudados por la Asociación del Fútbol Argentino.

  Pero siguen habiendo enfrentamientos antes o después de los partidos, en las cercanías. Cuando los visitantes se retiran. O cuando dos vecinos, como Racing e Independiente, vuelven al barrio después de sus respectivos compromisos. En un encuentro amistoso entre Deportivo Español y Defensores de Belgrano, los visitantes fueron atacados... por hinchas de Deportivo Laferrere, tradicional enemigo. Porque otro factor a tener en cuenta en estos choques lo representan amistades y enemistades entre los grupos de distintos colores. Que algunas veces, incluso, tienen origen en anteriores reyertas.

  Finalmente - y dicho esto para cerrar esta nota, no para concluir el tema - hay que tener muy en cuenta que muchas de estas barras de habitantes suburbanos, desocupados, mano de obra siempre disponible para todo lo que sea ilícito, suelen ser utilizadas por esos mismos dirigentes y políticos que asisten a los velatorios de las víctimas fatales. Para rellenar actos partidarios, pegar carteles propios y despegar los ajenos, desbaratar una cita de adversarios. O para desalentar frentes opositores, asustar o agredir a periodistas e, incluso, atacar a rivales comerciales, políticos o ideológicos. (23/09/00)

 


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