El reino de la hipocresía

por Guillermo Gasparini

   El primer llamado de atención llegó el año pasado, cuando Esteban Fuertes fue sacado de Inglaterra y transferido rápidamente a un club portugués, porque tenía en su poder, para acreditarse como comunitario europeo, un pasaporte portugués extraño a sus orígenes, precisamente, y no argentino. A esas alturas ya se conocía la situación sospechosa de Juan Sebastián Verón, quien un año había jugado por la Lazio como extracomunitario y al siguiente, como comunitario, al descubrir, misteriosamente, un antepasado italiano en su familia. Desde entonces la justicia italiana viene tramitando su caso con una lentitud llamativa: empezó antes que finalizara la liga 99/00 y sigue mucho después que Lazio consiguiera el título que ahora pudieran despojarlo.

Siguiendo la estela que marcó Verón, en la misma Italia saltaron actitudes sospechosas en los dichosos pasaportes comunitarios, especialmente en los clubes Lazio, Udinese e Inter y en las divisiones menores. Y el tamiz justiciero, a partir de entonces, se extendió a Francia, Inglaterra y España. Ahora por todos lados aparecen sospechas, denigrantes en algunos casos. Hay jugadores que de un día para el otro tienen que escapar de regreso a sus países de origen, otros que siguen jugando pero ya en su correcta posición de extranjeros, y no todos los que debieran han pasado todavía por los estrados judiciales.

Salen a la luz pública moralizantes, tardíos y sensatos comunicados de la FIFA, la UEFA, cancillerías y las reparticiones administrativas, recomendando legalidad en los procederes, mientras los clubes, los principales culpables del escándalo, toman la actitud de la avestruz: esconden la cabeza. La Lazio, uno de los implicados mayores, amenaza con un juicio millonario al técnico de la Roma, que osó comentar en voz alta que a la institución transgresora habría que descontarle los puntos correspondientes. En Francia, casi cómicamente, se sanciona a un jugador culpable, el chileno Contreras, pero su club, el Mónaco, apenas recibe una quita de unidades que, con el mayor respeto y velocidad le devuelve a la semana nomás el tribunal de apelación.

A pesar de que se ha corrido el biombo, dejando a la intemperie a los que armaban sus negocios a escondidas de la sociedad, los grandes protagonistas del engaño se resisten a asumir su culpa. La hipocresía de todos es haber aceptado la anómala situación mirando siempre hacia otro lado, cuando era vox populi que nadie se convierte de foráneo en nativo de la noche a la mañana. Desde que la ley Bosman le quitó fronteras a la Europa del euro, los clubes han desatado una furiosa carrera para fortalecer sus planteles fuera de toda reglamentación. A las disposiciones que permitían una cantidad de comunitarios y otra, menor, de extracomunitarios, se burlaron impunemente – hasta ahora – fabricando parientes y resucitando muertos.

A nadie pueden convencer que los fiscales de la justicia – ya no los propios tribunales deportivos – no se daban cuenta que algo raro estaba ocurriendo, cuando en la cancha aparecían equipos italianos – o españoles, ingleses o franceses – que mostraban apenas uno o dos connacionales puros en sus filas. No se escuchaban las quejas de los propios sindicatos de jugadores, que reclamaban una posibilidad de jugar igual a las de comunitarios legales, comunitarios trampeados y extracomunitarios. Todos se hacían los distraídos. A nadie se le ocurría sospechar de la avalancha de pasaportes portugueses y griegos.

La situación, vergonzosa y vergonzante, fue admitida por todos los poderes, hasta que a uno, por presiones políticas, judiciales o lo que sea, decidió levantar la tapa. En el agujero de la trampa aparecieron funcionarios de consulados vendidos por un puñado de billetes, estudios de abogados y traductores especializados en el engaño y los manejos fuera de la ley, dirigentes sin escrúpulos pero muchas monedas, empresarios intermediarios – ese mal moderno que cada día produce mayores desaguisados – que fabricaban historias personales para no perder su comisión. Unos recibieron 20 mil dólares, otros 40 mil, algunos llegaron a recibir 100 mil dólares por cada caso.

Hay pasaportes falseados en su origen, porque se han desvirtuado añejos documentos. Hay pasaportes falseados porque se utilizó la identidad de personas fallecidas. Hay quienes recuerdan que esto mismo, en menor escala, ya ocurrió en la década del 70, cuando estaban cerradas las fronteras para los extranjeros o se autorizaba la contratación de uno o dos por equipo. Hay quienes se vanaglorian de haberle encontrado antecedentes europeos a un mapuche de pura cepa como Marcelo Salas.

Hoy, ese mundo de mentiras creado alrededor de la ley Bosman y los comunitarios ad hoc, se está derrumbando. Para saber cuál será la próxima trampa por descubrirse o crearse, habrá que esperar un tiempo. En el fútbol – y en la sociedad toda – ya es sabido que "hecha la ley, hecha la trampa". El Lazio quiere hacer juicio porque le dijeron que merecería quedarse en penitencia por haberse portado mal. Por ahora ni él ni los otros involucrados, salvo contadísimas excepciones, han reconocido la ilegalidad culposa de sus hechos. En un mundo donde el principal negocio es el lavado de dinero mal habido – y el de las transferencias de jugadores es un reino natural para ese ilícito – casi todo se compra. Especialmente las conciencias. (16/02/01)


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