Justicia y atracción

por Guillermo Gasparini

La definición del Apertura tomó otro color con la consagración de Estudiantes de La Plata. No fue solo porque así le cortó el camino de triunfos al poderoso y eficiente Boca, sino también porque consagró a un equipo que lució, se destacó e hizo bien las cosas durante el torneo. Por eso el resto del ambiente futbolístico sonrió sin reservas y degustó la consagración, más allá de la eterna lucha entre el chico y el grande, el débil y el potentado, David contra Goliath. Las armas del conjunto dirigido por Diego Simeone fueron legítimas, modernas y ofensivas. Nunca especuló, ni perdió las ganas de arriesgar. Además, muchos le tomaron el gusto a esta definición a través de un partido final. Un hecho poco frecuente, al punto que sólo se recuerdan tres desempates similares en 75 años de profesionalismo. El duelo definitorio que puso frente a frente a los dos mejores equipos del certamen se asemejó a otras en donde el propio reglamento exigía un choque entre dos ganadores de zonas o de etapas anteriores. Al punto que algunos quieren agregarle a los actuales formatos una instancia de ese tipo.

Estudiantes tuvo una defensa sólida, un mediocampo liviano y un ataque muy incisivo. Con dos delanteros potentes y encaradores como Pavone y Centurión, acostumbrados a jugar abiertos y separados entre sí, pudieron aprovechar mejor la exacta pegada de Juan Sebastián Verón. Y abrieron caminos, también, para las profundas entradas de los dos mediocampistas laterales, Galván y José Sosa, que intercambiaron posiciones entre ellos todo el tiempo. Un esquema simple, que pasaba la pelota de una zona a la otra de la cancha con mucha celeridad, sorprendiendo a los adversarios. Cuando fue necesario, tuvo la altura de sus defensores Alayes y Ortíz, principalmente, para definir centros de pelota parada cuando las rutas parecían cerrarse.

Un buen teórico como el actual entrenador de Banfield, Patricio Hernández, definió en sus charlas cotidianas por TV que el planteo de Estudiantes se asemejaba mucho al desarrollado por Italia en el Mundial 2006 que ganó. Es decir, comparó las capacidades y funciones de cada jugador, encontrando muchas similitudes (Pirlo-Verón, Alayes-Materazzi, Gattuso-Braña, Camoranesi-Galván, Toni-Calderón, Del Piero-Sosa, Gilardino-Pavone, Cannavaro-Ortíz, Zambrotta-Alvarez, Grosso-Casierra). Y también equiparó el manejo de los tiempos, aunque Estudiantes pareció tener una actitud más ofensiva que los italianos. Italia especuló más y atacó menos, lo justo. Para terminar ganando por penales o con goles en los últimos minutos. Estudiantes jugó más a sus propias posibilidades, acosando al adversario, si era necesario, por largos minutos.

En un torneo corto, alcanzar 10 triunfos seguidos, como hizo Estudiantes, permite arrimarse a los punteros y tener chance de disputar la instancia final. Con tres puntos por victoria, se puede así sobrellevar los empates propios y, fundamentalmente, los de los adversarios. En ese sentido, junto con Boca, los dos alcanzaron un porcentaje de puntos muy alto, 44 unidades, que es raro de registrar en otros torneos similares. Lo común es que un equipo se distancia ganando seguido, no dos. Ese fue el ingrediente más atractivo de este Apertura que recién finaliza.

Lo que no era posible imaginar es que un equipo como Boca perdiera tres partidos seguidos, sin levantar la guardia. Incluso uno de local, ante un rival no tan poderoso, en donde sólo necesitaba el empate. No pareció Boca. Y por eso un entrenador con estilo muy directo como Ricardo La Volpe decidió tomar todas sus responsabilidades y abandonó el barco, convencido de haber fracasado. Ël tiene culpas, como conductor. Pero también fallaron los jugadores, que no tuvieron reacción. ¿Final de ciclo para algunos? ¿Necesidad de refuerzos? No es cuestión de smplificar la opinión, con el resultado puesto y decir que este mismo grupo ganaba y salía campeón con Basile y ganó menos y no salió campeón con La Volpe. Los que juegan son los jugadores, más allá de las tácticas. Y son ellos los que ganan, pierden o empatan. Suponer otra cosa es creer en la magia, que todos sabemos que no existe. (16/diciembre/2006). 

 

 


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