El devaluado mercado interno

por Guillermo Gasparini

La progresiva sangría que el fútbol argentino está sufriendo en medio de la despiadada crisis del país hace que todos los resortes que rodean al negocio y al espectáculo se vean aniquilados por una presión insoportable. Uno tras otro se van al exterior los más jóvenes y calificados jugadores, dejando sin espejos en donde reflejarse a los menores. Y, además, el juego en los estadios se queda a su vez sin figuras, escamoteado de un brillo que desde siempre necesita para alcanzar el objetivo de ser un atractivo entretenimiento para las masas. Masas que, además, sufren el acoso constante de una depredación de su salario (cuando se lo tiene) y una inseguridad creciente debido a la actividad demencial de grupos violentos e inadaptados. Todo conforma, en definitiva, un panorama de partidos sin calidad, tribunas a medio llenar, recaudaciones por entradas y cuotas cada vez más reducidas, retrasos considerables en los pagos de sueldos de futbolistas y empleados, y un estado latente de quiebra inminente que ahoga aun más los escasos recursos que se obtienen.

Es sintomático que los entrenadores seleccionados de turno apelen a la convocatoria mayoritaria de jugadores que actúan en el extranjero, cada vez que deben enfrentar un compromiso internacional. Los nombres más queridos actúan en ese ámbito desde hace muchos años, el público argentino ha podido gozar muy poco de las habilidades de los Batistuta, Simeone, Crespo, Verón, Zanetti, Sorín y Claudio López, entre los habituales titulares del equipo albiceleste. Hasta la segunda línea que está detrás de los consagrados también ya ha partido desde jóvenes, como Romeo, Romagnoli, Palermo, Gustavo López, Scaloni, Turu Flores, Cruz, Camoranesi, hasta el seguidamente convocado y poco conocido Facundo Quiroga.

El medio doméstico debe conformarse con pibes muy chicos, de menos de 23 años, y algunos veteranos que están de vuelta de sus andanzas por el mundo. Pero los Leo Rodríguez, Acosta, Pompei, Pizzi (que volvió a irse), Ortega (no tan veterano pero a punto de marcharse nuevamente), Troglio, Cascini, no alcanzar para sostener un espectáculo que está mayoritariamente protagonizado por esos sub 23. Hasta joyas de la corona que se marcharon en pleno esplendor juvenil, como Javier Saviola, deben hacer banco en una entidad como Barcelona, porque el cuerpo técnico considera que debe necesita más experiencia para ser considerado titular. El Juventus millonario y dispendioso acaba de decir que recién pensará en adquirir el pase del chiquilín D´Alessandro dentro de un par de temporadas, cuando madure en todo sentido. Hoy, así como está, D´Alessandro es estrella de primera magnitud en el negocio argentino.

Mientras se alejan sus figuras más reconocidas por atraso considerable en los salarios, Vélez, Newell´s, Rosario Central, Argentinos Juniors, Independiente, Huracán, Talleres, Belgrano, y hasta clubes del ascenso, como Instituto, deben afrontar los torneos con el producto de sus divisiones inferiores. El que sobresale es transferido, como ocurrió con el veinteañero Forlán o el rosarino Ezequiel González. Y el que se queda debe asumir las responsabilidades del experimentado, con edad para ser acompañante y no primera figura del espectáculo. Hay un viejo dicho que dice que con los jóvenes se ganan partidos pero no campeonatos. Y una muestra palpable lo dan los niveles de actuación de los equipos nombrados, todos acosados o a punto de serlo por el temido fantasma del descenso.

Y el poco público que sigue yendo a los estadios muestra escasa paciencia para estos cada vez más desabridos conjuntos. Silba, insulta, pelea con propios y extraños. Los más descarriados hacen de la lucha su bandera, impulsados naturalmente por la cerveza y el vino, la droga y el fracaso, la intemperancia y el desarraigo dentro de su propia sociedad. Dirigentes asustados por esos grupos internos de presión, recambian entrenadores como de camisa, condenan o descongelan a los jugadores, asumen actitudes contemplativas que llevan necesariamente al suicidio de entidades que hasta no hace mucho eran puntales sociales.

Clubes como San Lorenzo, campeón del Clausura de hace un año, campeón de la última edición de la copa Mercosur, participante activo de la Libertadores, tambalea por una situación institucional insostenible. Un entrenador exitoso que deberá marcharse a la brevedad, un plantel que se desangra en ventas y pases libres, empleados que se niegan a abrir el club por falta de pagos. Vélez, con una estructura ejemplar en el pasado, debe mantener un modelo de entidad para 40 mil socios con apenas 8 mil pagantes mensuales. Y ni hablar de los éxitos futbolísticos de otrora, que aun se están pagando, cada vez más lejanos, aunque ocurrieron en la década del 90. Ejemplos de decadencia hay a montones. La realidad indica que cuando comience el próximo Apertura, Rosario Central e Independiente estarán últimos en la tabla de promedios para el descenso.

Futbolisticamente los equipos más equilibrados en las edades de sus integrantes, son los que están logrando por ahora mejores resultados. Como River, Boca, Gimnasia, Racing, Banfield, San Lorenzo o Estudiantes. Los demás deambulan en medio de rachitas ilusionantes cada vez más breves, como dice Jorge Solari, el actual entrenador de Argentinos Juniors: "De tres, dos o un partido. A veces, son momentos dentro de un partido, en donde se juega bien y mal en el mismo día". Todo producto de la misma decadencia formal, que los oropeles de la selección nacional apenas logran disimular. (4/abril/2002)


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