Futbol Argentino On Line/ Guillermo Gasparini

Aquella aplanadora naranja

por Guillermo Gasparini

(Publicada en El Siglo del Deporte, suplemento del diario Olé/revista Mística)

En la moderna historia del fútbol mundial, la de los últimos 50 años, sólo dos selecciones que no se clasificaron campeonas alcanzaron mayor gloria y fama que los que si lograron el título: Hungría del 54 y Holanda del 74. Los dos, casualmente, fueron relegados por el mismo rival: Alemania. Pero sus producciones espectaculares y estilos revolucionarios los colocaron para siempre en el primer plano. Testigos argentinos de sus actuaciones, como Alfredo Di Stéfano, aun hoy repiten que ese parentesco con la perfección colectiva la tuvieron la Máquina riverplatense de la década del 40, el Honved húngaro de comienzos de los '50 y aun el Real Madrid de los 5 títulos de Europa. Nombrado así a las gemas más valiosas del podio futbolístico del siglo, por encima de campeones, Pelés y Maradonas. Los holandeses, por la vistosidad y espectacularidad de su juego -aumentado visualmente por el furioso naranja de sus camisetas- fueron el último gran exponente de esta cronología de exquisitos sin pares.

Leemos una crónica de este consagratorio Mundial del 74, cuando derrotaron a Uruguay en el debut: "La pelota, el terreno, el aire, el sol, el arco de enfrente, los laterales, el medio, todo fue para Holanda en una notable exhibición de técnica individual y, sobre todo, de funcionamiento colectivo''. Habían pasado 20 minutos de partido y el cronista reconocía que ''no podía localizar una función, una posición, de qué juega ése, de qué juega ese otro, quien es el delantero neto, quién es defensor-defensor, quién es puntero-puntero''. Y no era cuestión de pensar que Holanda era Cruyff y diez más. Todos sabían, algunos más, otros menos, pero todos sabían. Y todos rotaban, todos se movían sin pelota, todos creaban claros para la llegada de compañeros, todos picaban a ocupar esas posiciones libres. Imposible reconocer en ese esquema holandés las posiciones fijas. Ocupaban todo el campo, se desplegaban a lo largo y ancho, y Cruyff podía aparecer marcando un lateral, pero el libero Haan o Neeskens podían llegar al mano a mano con el arquero adversario.

El sueño de todos los técnicos, aquel de ''todos suben, todos bajan'' o ''todos atacan, todos defienden'', llevado a la perfección utópica. Por eso se lo llamó fútbol total. Nunca más acertada una definición. Movimientos colectivos tan precisos con los que podían tirar la jugada del offside a metros de la mitad de la cancha -el famoso achique posterior de Menotti, pero sin regalarse- o hacerlo cerca de su propia área, aunque jugaran con líbero.

Un esquema rico, solidario, generoso, agresivo, ofensivo. Donde ninguno quedaba atado a marcas fijas, pero todos las desarrollaban. Donde ninguna capacidad individual quedaba sumergida en una tarea ingrata. La superioridad en ese torneo realizado en Alemania Federal fue tan abismal respecto de equipos como Argentina o Uruguay, que era imposible saber si esos planteos sudamericanos arrasados podían ser una aceptable unidad de medida para ese aplanadora naranja. ''Coincidió nuestro mejor partido con el peor de ellos'' reconoció Neeskens cuatro años después, en instancias previas a la final del 78, recordando aquel 4 a 0 de Gelserkirchen. Pero también golearon a Bulgaria y obligaron a Brasil a realizar un despiadado e inhabitual juego violento.

Capaces de presionar desde el minuto 1 al 90. Un pressing que asfixiaba a los rivales. En cualquier sector de la cancha. ?Cómo se los podía enfrentar? Esperándolos armados atrás, volcando un esfuerzo físico denodado que sirviera para tapar esos arranques libres desde la mitad de la cancha, había pensado el técnico alterno argentino Víctor Rodríguez. Fue cuando en la gira previa perdieron 4-1 con Holanda y él lanzó la recordada frase:"Me gustaría encontrármelos de nuevo en el Mundial". Y allí fue 4-0... Como lo resumió uno de los jugadores albicelestes de entonces:"La única táctica que vale es cruzar un colectivo Chevallier delante de la línea del arco..."

Para los que no hayan podido gozar, ni aun a través de videos, lo que fue este equipo, pueden tener más presente el segundo gol argentino en la final de México 86. Valdano, esa vez, tomó un rebote de su propia defensa y arrancó desde posición de 4. Fue cruzando la cancha en diagonal, la pelota pasó por Enrique, por Maradona, y Valdano la retomó entrando como puntero izquierdo. Desde allí hizo el gol. Esta fue una típica maniobra de aquel Holanda. Tiene su sello, aun si que sus protagonistas lo sepan. Pero es natural, porque es fútbol, esencialmente fútbol, de toda la cancha. Y ejecutado por primeras figuras.

Un puñado de definiciones de Cruyff, dichas en ese momento de esplendor, sirven para explicar en parte este fenómeno: "Holanda no tiene un sistema de juego, tiene muchos y puede variarlos dentro de un mismo partido, de un instante para el otro, según las necesidades del juego. Estamos preparados para eso, cada uno de nosotros sabe lo que tiene que hacer en un momento determinado. A la izquierda, a la derecha, por el centro, atrás, adelante, en cualquier situación del encuentro. Nos sentimos mejor cuando tenemos la pelota, porque allí imponemos nuestra iniciativa. Pero cuando no la tenemos, tenemos que trabajar para recuperarla. Cada jugador tiene la pelota unos 3 minutos por partido, pero tiene que estar dispuesto a trabajar por el equipo en los restantes 87".

El exquisito Johan Cruyff era el número uno, por capacidad, poder de conducción y maestría. Sin ser tan goleador como Rep o Rensenbrink, era un delantero fino, capaz de circular por toda la cancha, atrás o adelante, en un estilo afín al que había patentado Di Stéfano. Sus movimientos guiaban a todo el conjunto, su espíritu de sacrificio era un ejemplo para todos. Aun resulta imborrable ese comienzo de la final del 74, cuando después de varios toques, él se estacionó atrás de la línea central y desde allí arrancó hacia el área alemana, hasta que Vogts le cometió foul penal. Fueron dos minutos enteros en los que la pelota sólo fue tocada por holandeses, sin que los locales pudieran siquiera rozarla.

La disciplina para incorporarse al esquema colectivo era mayúscula en ese equipo. Por ejemplo, Suurbier, Haan y Rijsbergen, los hombres más atrasados en defensa, era la primera vez que ocupaban esas posiciones en sus carreras. Krol podía ser líbero, marcador lateral o volante suelto. Aun los mellizos van der Kerkhof, naturalmente pesados, subían y bajaban, por un lado o por el otro, cuando fueron el recambio después del 74.

Los teóricos llegaban a definirlo como un 3-5-2. Pero en realidad eran un arquero y 10 jugadores delante de él. "Los naranjas se las ingenian para que en el lugar donde dos segundos antes había un solo holandés, ahora haya una aglomeración de compañeros, para azote del adversario"', escribimos en Clarín antes del Mundial 78. Cuando el veterano Van Hanegem -un zurdo cansino, de movimientos lentos y una pegada exquisita- no había renunciado aun a venir a nuestro país. Y cuando otro cargado en años, Haan, se veía obligado a cumplir funciones más ofensivas, ante la ausencia también voluntaria del conductor Cruyff.

"La revolución la hicieron las capacidades de Krol, de Cruyff, de Neeskens, de Van Hanegem. Era buscar todo el partido la iniciativa y a un ritmo vertiginoso. El esquema tenía dos puntos básicos: primero, la gran capacidad individual de los jugadores; segundo, la voluntad de ellos y la mía en juntar esos solistas en la empresa mancomunada'' (Rinus Michel). Un estratega tan confiado en lo que podían hacer sus muchachos que en pleno Mundial se fue un par de días a Barcelona para atender cuestiones de su tarea habitual. En el 78 faltó Cruyff: ''No era el 50 por ciento del equipo, como leí por allí. Pero era el líder. Espiritual y futbolístico. Y esto hacía que los rivales se acomplejaran bastante durante los partidos'', dijo en la Argentina, a donde llegó como observador.

El técnico Ernst Happel, el austríaco que dirigió a la Holanda otra vez subcampeona mundial en 1978, explicó entonces: ''El fútbol total nació en Holanda espontáneamente. No hubo ningún proceso previo. Hace ocho o nueve años se dio esta situación en el país: hubo muchos jugadores con la capacidad de Cruyff en distintos puestos y entonces Holanda comenzó a practicar el fútbol total. Yo no sé si esto representó una revolución. Revolución fue cuando Brasil selló el 4-2-4 e Inglaterra estableció el 4-3-3. Pero los que quisieron copiarlo sin tener a los jugadores que se adaptaran a esa modalidad, fracasaron. Lo mismo ocurre con lo que hizo y hace Holanda''.

Superada esa etapa, con los retiros de toda una generación -Cruyff le dio su sello al Barcelona, como jugador y como entrenador- Holanda tardó años en volver al mismo primer nivel. Y nunca con ese espíritu de los '70 que había acercado a la perfección. El goleador Van Basten, el genial Gullit y el multifacético Reijkaard reinaron en el Milan superganador, pero rodeados de jugadores más normales. Recién en los '90, con el Ajax de Van Gaal y del finlandés Litmanen, los morenos "coloniales" Kluivert, Davids y Seedorf, los nigerianos Kanu y Finidi, más los hermanos de Boer, Overmars y la veteranía de Reijkaard, encontró un estilo que aun hoy trata de ser repetido en el Barcelona e imitado por el técnico argentino Bielsa. Pero este fútbol tiene menos movilidad, menos sorpresa. Mueven la pelota, la aseguran, se la pasan todas las veces que sea necesario, hasta que aparezca un claro, pero no le pasan por encima a nadie. Lo maniatan con su circulación, sin vértigo.

La aplanadora naranja de Cruyff era una máquina que cuando estaba en pleno funcionamiento, todo el equipo se ''arrugaba'' hacia atrás. Pero peleando cada lugar. Y cuando salía el contraataque, se ''desarrugaba'' en todo su esplendor, todos pasaban a la ofensiva, cubrían la cancha a lo ancho y a lo largo. Hasta era habitual ver a algunos de los "aviones" circulando pegado a la línea de cal, "vacío", esperando el momento en que sus compañeros lo descubrieran. .

Después del 74 alemanes y escoceses empezaron con el sistema de doble punta (dos centrodelanteros, se decía) que después se popularizarían tanto. El tema hizo retrasar a los dos punteros, para provocar el adelantamiento de sus marcadores y de este modo, se crearan espacios vacíos a sus espaldas, que podrían ser utilizados por los puntas volcándose a los laterales. Parecía una fórmula super ofensiva, porque de este modo se le daba tarea múltiple al volante tapón -aquel que solía marcar al centro delantero cuando bajaba unos metros para recibir mejor -, al zaguero-stopper y al líbero. Pero el conservadurismo y el miedo a perder, arriesgando lo mínimo, hizo que la fórmula se desnaturalizara.

Los punteros - o extremos, como los llama ahora Marcelo Bielsa - se retrasaron tanto que se incorporaron definitivamente a la línea de volantes. Ahora no engañaban con sutiles retrasos. Directamente arrancaban desde atrás, como hacía el italiano Causio. Y los dos puntas se fueron quedando cada vez más solos.

Incluso este sistema, que fue pensado para evitar los desenganches por sorpresa de líberos como Beckanbauer (Alemania), Rijsbergen (Holanda), Passarella (Argentina) o Tresor (Francia), terminó achanchándolos, y de puros cómodos -al desaparecer los punteros, su trabajo era cada vez menos complicado - se fueron quedando en la rutina del fondo, convertidos apenas en eficientes escobas.

Ese es el panorama que desarrolló Argentina en el Mundial del 86, con un líbero (Brown), dos stoppers (Cucciufo y Ruggeri), muchos volantes (Giusti, Batista, Enrique, Burruchaga y Garré) y apenas dos delanteros: un punta, Valdano, y un media punta, Maradona.

Esto es lo que Carlos Bilardo intentó patentar como invento propio -hasta quiso convencer al mundo que él estaba tacticamente 10 años adelantado al resto - cuando en realidad lo que estaba imponiendo en las canchas mexicanas era el estilo que después de la revolución holandesa había comenzado a desarrollares y que ya utilizaban la mayoría de las selecciones. Alemanes, italianos, españoles, franceses, todos, con ligeras variantes, jugaron así en el Mundial 86. Y siguieron jugando así hasta 1990, cuando el planteo firmó su epitafio en un campeonato pobre, aburrido y previsible. No cabe duda que hasta el Brasil-Italia del 94, no había existido una final tan desagradable y anodina como la de Alemania-Argentina del 90.

El sistema había nacido para no agrupar demasiada gente cerca de las áreas y poder fabricar y explotar zonas vacías, para la llegada de volantes por sorpresa. Pero se convirtió en una aglomeración de volantes, cada vez más alejados de los arcos. Y, por supuesto, de sus dos puntas. O ese solitario punta y el flotador media punta. Desapareció la sorpresa, creció la hibridez.

A ese ritmo vertiginoso que alguna vez tuvieron los holandeses - "el desorden ordenado", decían -, lo reemplazó un vértigo desaforado en la zona media, poco atractivo. Alguna vez el mismo Bilardo había anticipado que en ese desarrollo del juego, esos volantes -carrileros, recuperadores, quitadores- deberían ser cada vez más técnicos. Porque la misma velocidad de esos intercambios de la pelota en el medio los obligaría a resolver en un solo toque preciso. Y para eso tendrían que poseer mucha habilidad.

Usted y yo sabemos que eso no sucedió. Principalmente porque esos volantes, directores tácticos conservadores a ultranza y defensores de sus estrellatos y dineros mediante, fueron desde entonces más luchadores que creadores. Los equipos de club y selecciones prefirieron recuperadores a distribuidores. Quitadores a administradores. Carrileros de ida y vuelta a volantes con llegada. Y los puntas siguieron enfermos de soledad. Pregúntenle, si no, a los Batistuta, Vieri, Ronaldo, Palermo y tantos otros.

Apenas se apela, en este esquemático y uniformado fútbol de hoy, a presentar los 3 hombres en el fondo como un hecho revolucionario. Como si eso garantizara un punto de partida más ofensivo. Y que es, ni más ni menos, que lo que existía en la década del 40 con un zaguero central y dos alas, lo que hicieron los holandeses en su mejor hora y la selección de Bilardo en el 86. Si hay que marcar a uno o a dos, con tres basta y sobra. Pero todos suman entonces un volante más, no un delantero más. No es cuestión de desguarnecerse, dicen.

En ese contexto universal con pocas variantes, llega a fines de siglo Marcelo Bielsa para aclarar que cada vez se encuentra menos riqueza técnica en los proyectos de jugadores. Y que eso hay que reemplazarlo con movimientos tácticos ensayados. Por eso, siguiendo la moda del Ajax de Van Gaal, apela nuevamente a los extremos más adelantados. Como hace 20 años, en el Mundial 78. Buscando esa sorpresa que ya cada vez es más difícil de producir. La mecanización reemplaza a la improvisación de la individualidad. Porque no hay otro remedio por ahora, dice Bielsa -o Maldini, o Clemente, o Vogts- mientras le sigue pidiendo a Ortega que desborde pero que también se acuerde de marcar a Roberto Carlos... (10/12/99)

 


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