El ídolo eterno, el novel DT
por Guillermo Gasparini
Era previsible que alguna vez Diego Maradona se convertiría en el entrenador de la selección argentina. Previsible e inevitable. Nada ni nadie podría frenarlo, si él quería que eso sucediera. Al fin, el mandamás de la AFA aprovechó el momento de la deserción de Basile para abrirle las puertas al máximo ídolo popular de los argentinos. Por las dudas le colocó la experiencia de Carlos Bilardo a su lado, “para controlarlo por si se desbanca”, como reconoce Diego y no se animan a desmentir ni Bilardo ni el propio Grondona.
El romance con la gente renació instantáneamente y los primeros pasos fueron promisorios. Cuando el equipo llegó al Monumental el público vitoreó al DT mucho más que a los propios jugadores. Como si Diego todavía jugara. Banderas y cánticos se repitieron, más allá de los goles que marcaran los futbolistas. Nadie advirtió hasta ese momento de Venezuela ningún cambio táctico sustancial que pusiera el sello maradoniano mientras los resultados favorables ayudaran. Apenas apareció en este ciclo un Emiliano Papa que nunca había sido convocado por los conductores anteriores. El resto de los nombres y sus ubicaciones en el terreno fueron similares a las formaciones vistas en la época de Basile.
Esa primera actuación de Maradona en la función se basó, fundamentalmente, en la recuperación anímica de un grupo que se había ido de las manos de Basile. Eso solo le bastó para, con su natural impronta de ídolo máximo, recuperar el entusiasmo de jóvenes futbolistas que, como ocurre siempre en la Argentina, deben ganar algo importante para recoger el cariño unánime de sus compatriotas. Sólo Riquelme se apartó de ese camino ofrecido por el nuevo seleccionador. La excusa de manejar distintos códigos no se entendió. Y nadie se preocupó por aclararlo.
Diego afrontó con hidalguía el rechazo del público boquense en la propia Bombonera sin hacer comentarios y tuvo su desquite en la visita al Monumental. Viendo esa fiesta, de todos modos, no pudo impedir que los que no están muy convencidos de este paso que dio la AFA anticiparan que hasta un intocable como Maradona tendría que aprender a recuperarse de los momentos aciagos que suele pasar cualquier equipo del mundo.
Pero Diego no imaginó que el primer cachetazo en contra fuera con una goleada histórica casi inédita. La selección argentina no está acostumbrada a recibir resultados de ese nivel. Tanto que en la historia solo se registran algunas caídas catastróficas con Brasil y Uruguay, más el papelón en el Mundial de Suecia con la antigua Checoslovaquia y esa tarde negra en el Monumental ante Colombia. Sólo cuatro casos, ninguno similar a este mareo colectivo de La Paz, ante un rival siempre ubicado en los niveles más bajos de cualquier competición.
Maradona reaccionó bien ante el chubasco y asumió la total responsabilidad. Cubrió a los jugadores. Está claro que él equivocó totalmente la estrategia. Cuando lo ideal aconseja armar un equipo corto, sin excesos, su equipo salió a jugar como si estuviera en el llano. Eso se vio desde los primeros minutos, cuando Tevez las corría todas, Papa subía en cada avance y Gago se multiplicaba en la mitad de la cancha. Diego está convencido que se puede jugar en La Paz y así también los convenció a sus dirigidos. Como aquella vez de las zancadas colombianas, cuando en cada avance marcaban un gol, en La Paz, con espacio, los locales se hicieron un picnic. Los defensores argentinos, dejando muchos claros entre ellos, no conseguían alcanzar luego a ningún boliviano que picara por derecha o por izquierda.
El entrenador Maradona no advirtió el error a medida que transcurría el partido, ni en su charla del entretiempo. No se dio cuenta de las “ausencias” de Mascherano y Messi. Esperó, inútilmente, una reacción natural. Por ahí hizo ingresar a Angeleri en una posición desacostumbrada, quizás viendo que no sufría los efectos de la altura. Demoró en hacer entrar a Montenegro, alguien que podía unir las dispersas líneas. Dejó en el banco a Verón, quizás suponiendo que era otro de los afectados. Y citamos a Angeleri y a Verón con suposiciones nuestras, porque nadie lo confirmó.
Falló el entrenador, juzgó mal el partido y lo planteó equivocadamente. Y en el transcurso no encontró respuestas adecuadas. Y aparecen ahora, entonces, los interrogantes. Primero, si se recuperará del impactó (él y los jugadores). Segundo, si Maradona, que indudablemente sabe ver el fútbol y conoce su entretela, madurará como entrenador. Dicho de otro modo, si aparecerán otras Bolivias en el futuro y si el seleccionador aprenderá encontrar las respuestas adecuadas.
A un personaje como Diego es difícil aconsejar, porque está siempre muy acostumbrado a decidir por sí mismo. Así lo hizo tantos años en las canchas. La vida también le mostró su cara oscura y también infló el pecho y salió como pudo. Su mejor jugador, Messi, volvió y dijo que en La Paz no se puede jugar. Uno de sus colaboradores más cercanos, el preparador físico Signorini, opinó que algún día alguien se va a morir en La Paz. El otro, Mancuso, consultó inútilmente a Héctor Veira, que dirigió a la selección boliviana, quien le explicó con claridad cómo había que afrontar la aventura. Esta visto que Maradona no escuchó a nadie en su planteo. ¿Podrá hacerlo en el futuro? Y esto está dicho más allá que siga o no Bilardo en sus cercanías. Las concepciones futbolísticas de Maradona y Bilardo están más que alejadas. (5/abril/2009).