Ni pasión ni competencia

por Guillermo Gasparini

Algunos no saben cuando comenzó este reinado de la insensatez. Otros, especialmente los sociólogos, ubican la fecha exacta: la del día de la caída argentina en las Islas Malvinas. Hay quien cree que la mutación fue progresiva, de a poco y casi sin darnos cuenta. Hay muchos que siguen girando en la estratosfera, incluso siendo funcionarios o dirigentes, y piensan que nada grave ha pasado y que simplemente lo que ocurre en el fútbol y todo el deporte es simplemente un reflejo de la violencia que impera en toda la sociedad. Lo cierto es que en un momento de esta historia contemporánea las multitudes viraron desde su función de espectadores pasivos para pasar a ser protagonistas de los espectáculos. El fenómeno fue creciente y ahora llegó a una cima intolerable. ¿Quién se anima a colocarle el cascabel al gato?

Los espectadores admiraban, criticaban, aplaudían a sus protagonistas ídolos, sin interferir en sus vidas y sin deseos de interferir en los desarrollos. Jamás, en esos tiempos, ocurrirían hechos como los vividos en Estancia Chica en la noche previa al partido entre Gimnasia y Boca. El sueño y la pretensión era ganar los partidos, no perderlos. Los cánticos eran sencillos, hasta infantiles. Desde el "Si, si, señores, yo soy de (Boca, River, Racing, Independiente, Racing, San Lorenzo o cualquiera), yo soy de ... de corazón, porque este año desde (la Boca, Nuñez, Avellaneda, Boedo, cualquier otro lugar) salió el nuevo campeón". Al "tenemos un arquero que es una maravilla, ataja los penales sentado en una silla". El más duro y doliente sonaba así: "Se quema, se quema, se quema y se quemó, a (Boca, River, o el que sea) se le queman las ganas de campeón".

Desde ese momento de pérdida del sentimiento colectivo de patria, en la guerra, se pasó al "no existís", "los vamos a matar a todos" y los más duros e hirientes calificativos racistas contra los los ocasionales adversarios deportivos. Justamemente, ese oponente, vecino de barrio o defensor de otros colores de camiseta, pasó a ser un "enemigo". Enemigo al que había que destruir. Comenzaron las batallas: entre ellos mismos, contra quienes los visitaban, de paso hacia otra cancha, contra las fuerzas del orden. Así se pasó a identificar el amor a un club, a una camiseta. Esto pasó a ser "el aguante" por una divisa, el dar "hasta la vida" por unos colores.

Unos se treparon a la denominación de "Jugador Número 12", o simplemente "La 12". Otros se autocalificaron como "Los Borrachos del Tablón". De aquella "fiel y seguidora" se pasó a "la más fiel", "la terrible", "la ganadora", "la más valiente", "los desbocados", "los revoltosos" y otros nombres semejantes. Hinchadas amigas y enemigas. Los primeros se alían entre ellos para acometer contra un tercero. Las víctimas se cuentan por "los muertos de cada uno". Pueden morir en la cancha, en los accesos a los estadios, en los alrededores. O en el cruce de rutas públicas o en la puerta de una casa.

Aparecieron las armas, el alcohol, la droga, todos condimentos explosivos. Y ya no hubo límite. Llegó el apoyo político, para utilizar esa mano desprejuiciada y disponible, y ya no hubo quien los pare. En algún momento crearon una "Fundación Número 12", legalizando sus aprietes. Ahora reciben dinero de los turistas, para que conozcan "in situ a las fieras", como si fuese un zoológico. De allí a la coacción para detener los partidos que están siendo desfavorables, "armando el resultado", hubo un paso. Los propios dirigentes de cada club los emplearon, con regalos de entradas, medios de locomoción y un dinero en negro, para desacreditar a entrenadores o desalentar a opositores. Cualquier causa ilícita o inmoral es buena para estos grupos que, como en Mendoza, pueden estar respaldado por funcionarios públicos.

Muchos jovenes crecieron viendo estos procederes y suponen que esa es la conducta a imitar. Hacen del aguante una razón de vida. Desprecian al adversario, se envalentonan en el grupo, no saben nada de deportividad. Un programa de TV es emitido por el grupo que controla económicamente al mercado argentino, destacando esa capacidad de "ignorar" al que no existe... Y los periodistas especializados lo premian como "el mejor programa periodístico deportivo", como ha sucedido este año. La sinrazón domina todos los estamentos.

Y el aguante rije en el tenis y en cualquier otro juego. Los de afuera "ayudan" a ganar, "hacen más" que el propio protagonista. Son más importantes que el juego mismo. Los violentos son los admirados. Son esos hinchas de Racing que enfrentan "valerosamente" a la policía en la cancha de Independiente, como antes fueron los de cualquier otro equipo. El partido no interesa, "ya se perdió". Ellos están resistiendo más que los propios jugadores. Así es el descontrol que rige en el fútbol argentino actual. Y que no se frenará simplemente ejerciendo el derecho de admisión a un puñado de revoltosos. El problema es mucho más grave. Algunos lo saben, otros lo sospechan. ¿Qué dicen los que mandan? (12/noviembre/2006).


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