Las dos caras del SuperBoca

por Guillermo Gasparini

Sorprende ver a Boca metido entre los últimos del torneo Clausura. Aunque la más sólida marcha en la copa Libertadores alivia el paso por esta transición anticipada ya en diciembre del año pasado por el técnico Carlos Bianchi. De golpe, el equipo supervictorioso, el triple campeón del 2000, el rutilante conjunto récord de los 40 partidos invicto, muestra una cara más humana. De acostumbrado a ganar siempre, Boca, el poderoso Boca, se tiene que acostumbrar a irse derrotado de una cancha, aun tras jugar contra rivales denominados chicos. Es el duro fin de un ciclo, natural y posible? O el renacer hacia otro, de gloria aun impensada?

Hay lógica en las palabras de Bianchi: "Este es el Boca del futuro. Son todos chicos los que juegan en el Clausura. También a Riquelme lo silbaban hace dos años y ahora dicen que es insustituible. No sé si todos los jugadores llegarán a ser primeras figuras, pero este es un camino necesario que debemos recorrer". Desde junio de 1998 hasta la consagración de noviembre de 2000 ante el Real Madrid, Bianchi consolidó un grupo homogéneo, duro, efectivo, que sumó una conquista tras otra, avalada por la excepcional capacidad de Martín Palermo para convertir goles decisivos. Más de 70 tantos anotó el flaco del mechón rubio en esa etapa, muchos de ellos fundamentales. "Martín representa un gol por partido", reconoció siempre el entrenador. Y Martín siempre hizo goles que solucionaron problemas: hasta pateando un extraño penal con los dos pies, hasta en el momento justo de romperse los ligamentos laterales de la rodilla, en el mismo instante de reaparecer ante River después de 6 meses sin jugar.

Además del bloque compacto del fondo, que lanzó la figura de Walter Samuel al estrellato. Por encima de la fuerza y dinámica de la línea de volantes, en donde el colombiano Serna creció hasta convertirse en ídolo. Más allá de la magia impactante y creadora que le aportaron los movimientos de Juan Román Riquelme, el jugador distinto del plantel. Contabilizando todo esto como virtudes notorias, el Boca campeón fue Palermo-dependiente, lo quisiera o no. El equipo, desde la salida de Córdoba hasta el centro de Guillermo Barros Schelotto, trabajó para el cabezazo final y salvador de Palermo.

Y ahora Palermo no está más, transferido al Villarreal de España. Como tampoco están más Arruabarrena, Samuel, Navas, Basualdo, Gustavo Barros Schelotto. Medio equipo, entre titulares y suplentes alternativos, ya no está en el club. Los que se quedaron piensan en el posible pase, mientras sufren las lesiones lógicas de toda campaña prolongada y dura. En un club millonario pero que no gasta en incorporaciones, Bianchi se vio obligado a meter en bandada a muchos chicos de las divisiones inferiores. Si en el 2000 los juveniles fueron incorporados en forma lógica, mechados con los grandes, en el 2001 todos ellos debieron convertirse en protagonistas de la escena principal.

Y, así, la línea de fondo fue toda nueva: Calvo, Burdisso, Matellán y Clemente Rodríguez. Los volantes son ahora Marchant, Serna o Traverso y Omar Pérez. Apenas sigue Riquelme como enganche, no se sabe por cuento tiempo. Y adelante, junto a las intermitencias de Guillermo Barros Schelotto o Delgado, pueden estar el irregular Barijho o el chiquilín Herrera. Demasiadas variantes para un equipo que, en el momento de mayores títulos, mostró el mismo equipo que había iniciado el ciclo, casi dos años después.

El rutilante Milan de Berlusconi deambula por la mitad de la tabla y aun no puede sostenerse ni en la copa Uefa. El Ajax que deslumbró hace un quinquenio todavía no pudo reemplazar a las estrellas que se fueron al Barcelona. El Lazio 2001 no es el mismo ganador del 2000. Todos los grandes equipos cumplen un ciclo en pleno ascenso y no se mantienen más de dos temporadas en la cima. Después, comienza su lógico declive, mientras recambian jugadores y pilas. El renacer puede producirse o no, la tarea puede llevarle mucho o poco tiempo. Y el conjunto que resurge, necesariamente, ya será otro, aunque algunas caras sean comunes. Es una ley del fútbol, inevitable.

A Boca le está pasando esto, aunque los antiguos fulgores aun ofrezcan un ligero brillo en la copa Libertadores. Fueron demasiados cambios, hay demasiadas ausencias. No se reemplaza un Palermo de la mañana a la noche. Tampoco a un Samuel, ni a un Arruabarrena. Y habrá que acostumbrarse a verlo mezclado con los chicos, aunque no es natural que esté en los últimos lugares. El superBoca, por ahora, volvió a ser simplemente Boca. Por cuánto tiempo? (21/03/01).


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