Sobre violencia y paros
por Guillermo Gasparini
En dramática sucesión, primero fueron tres petardos explosivos que cayeron a metros del arquero José Luis Chilavert, de Vélez Sarsfield, en un partido en Rosario, ante Newell's; el árbitro no suspendió el juego y ninguna autoridad, ni de los clubes participantes ni de las fuerzas de seguridad, lo presionaron para que si lo hiciera. Unos días después, barras bravas armados del club Platense ingresaron al vestuario de los jugadores durante un entrenamiento y amenazaron a los mismos, impunemente. El propio vicepresidente del club, ese mismo día, minimizó ante los medios periodísticos la circunstancia: "Son mentiras", dijo. Ninguna autoridad, ni del club, ni de las fuerzas de seguridad, ni de los jugadores ni del gobierno nacional, reaccionó ante semejante barbarie. Y la odisea halló su clímax el domingo 23, seis días después de los hechos de Platense, catorce días más tarde de la agresión a Chilavert, cuando 100 exaltados aficionados del club Excursionistas irrumpieron en el terreno de juego para agredir salvajemente a los jugadores de su ocasional adversario, los de Comunicaciones.
Paralelamente, en cada una de estas jornadas, hubo otros hitos de esta escalada de violencia que sacude al fútbol argentino doméstico. No había pasado más de un mes de la absurda muerte de un aficionado de Colón de Santa Fe, asaltado y asesinado por un grupo identificado con los colores de Unión de la misma ciudad, el mismo día que se había jugado un clásico entre las dos instituciones, pero a kilómetros del escenario del encuentro.
Pasaron tres días tensos desde los episodios de Excursionistas, sin que se oyeran voces de reprobación por parte de las autoridades futbolísticas, ni de las fuerzas de seguridad, ni de los responsables del Estado. Hasta que en la cuarta jornada los propios futbolistas agremiados decidieron realizar un paro de actividades, como protesta por los acontecimientos. Reclaman seguridad, para ellos, para los árbitros, para los simpatizantes pacíficos.
El ministro del Poder Ejecutivo responsable del accionar de las fuerzas de seguridad, Federico Storani, admite que "los jugadores le han pasado la pelota al Gobierno y ahora nosotros tenemos que actuar". El propio presidente de la República, Fernando de la Rúa, afirma que "debemos aumentar las penas y garantizar que se encuentren soluciones ante el reclamo de los jugadores". En definitiva, como si sólo ellos - los jugadores - hubiesen advertido que las cosas no andan bien en el fútbol.
La sociedad empieza a reaccionar lentamente. Un año atrás, sólo uno de 42 clubes consultados aceptó la existencia de barras bravas en sus instituciones. Ahora, tímidamente, comenzaron a blanquearse situaciones:
- Esos barras bravas de cada institución, marginales y desocupados, son utilizados por los dirigentes y las autoridades para otras tareas, políticas algunas de ellas, en su propio beneficio. Sirven para presionar a adversarios, a los árbitros, a los propios jugadores cuando estos retrasan la firma de un contrato o un acuerdo financiero.
- En Platense, como en otros clubes, los barras bravas duermen en las mismas instalaciones del club. Cerca de donde funciona una escuela.
- Jugadores y entrenadores admiten que a veces entregan dinero para que "los muchachos de la barra" puedan acompañar al equipo.
- Algunos dirigentes reconocen que muchos de esos barras bravas reciben entradas gratuitas para ingresar a los espectáculos.
- Algunos dirigentes aceptan que no pueden controlar a las barras, les temen. De hecho, tampoco pueden garantizar los entrenamientos de los jugadores sin interferencias.
- El poder policial se muestra insuficiente los días de partido - de hecho no pudo garantizar la realización de un recital de música y un partido de fútbol en el ámbito de toda la ciudad de Buenos Aires, el mismo día -. Pero, a veces, como sucedió en el episodio de Excursionistas, actúa en connivencia con los agresores.
- Las mismas faltas de sus aficionados son castigadas en forma distinta por las autoridades, según se produzcan en los estadios de los equipos llamados grandes y los de equipos llamados chicos.
Estas son, apenas, algunas de las circunstancias que han derivado en este paro de la actividad futbolística. Hasta ahora, empero, ninguna autoridad de club, policial o gubernamental ha dado muestras de avanzar concretamente hacia la solución de este problema. Que no significa otra cosa que impedir los procederes ilícitos y violentos y la erradicación de los malvivientes. Al día siguiente de conocerse las agresiones en Excursionistas, una cámara judicial amparó a un aficionado al que se le había prohibido el ingreso a los estadios, justificándose en la cláusula constitucional que permite el libre deambular por todo el territorio.
Ocurre que aunque son las barras bravas las principales protagonistas de los actos de violencia, se advierte en el resto de los aficionados que asisten a los espectáculos futbolísticos una intemperancia llamativa ante las circunstancias del hecho deportivo. Son comunes los cánticos que afirman que "los vamos a matar" o "no existís", oídos en cualquier cancha. En cualquier encuentro, los gritos más agresivos apuntan a un supuesto enfrentamiento con el rival clásico - los de Boca, con los de River; los de River, con los de Boca; los de Rosario Central, con los de Newell's; los de Newell's, con los de Rosario Central y así en todos los casos - más allá del rival de turno en el terreno de juego. Una rareza propia del fútbol argentino.
En el país se ha producido un proceso de descomposición del hecho deportivo. Lo que hasta hace no más de 20 años se dividía en protagonistas-jugadores-activos y espectadores-pasivos, ha cambiado. Ahora los espectadores-hinchas también quieren ser protagonistas. Este ascenso se ha producido mientras crecía la pauperización de las clases media y baja y aumentaba la marginación de amplias capas sociales. Marginación que no sólo se traduce en falta de empleo, hambre y satisfacciones incumplidas, sino que también incluye la falta de instrucción educativa y ausencia de normativas morales. Un panorama que cualquier sociólogo podría explicar mejor, pero que una institución religiosa como Caritas Argentina define como "la exclusión social de 10 millones de personas que viven por debajo de la línea de pobreza". Uno de cada tres argentinos, nada menos. "Mal que mal, antes los pobres confiaban en que iban alguna vez ha dejar de serlo, pero ahora no" expresó el informe de la entidad. Un estudio oficial catalogó, a principios de abril, a la zona compuesta por localidades como Florencio Varela, Esteban Echeverría, Merlo, Moreno, General Sarmiento, La Matanza, San Fernando y Tigre como las más afectadas, dentro del llamado Gran Buenos Aires, por el desempleo y la pobreza en la última década. Sin que las otras estén mucho mejor, por supuesto.
La explicación del notable incremento de la delincuencia violenta en la sociedad se basa en gran medida en estos panoramas tan duramente trazados. Y los excluidos encuentran en las canchas de fútbol una manera de incluirse. Cruda y hasta salvajemente. Entre los agresores de Excursionistas se vio a varios ingresar al terreno de juego con niños en los brazos. Ya no son solo los jugadores los que determinan el resultado de un partido. Los de Excursionistas, por caso, saben ahora que serán responsables de la futura quita de puntos y hasta de la descalificación de la entidad. Como lo saben los agresores semanales de Chilavert o los golpeadores de aficionados visitantes.
El poder político debe apuntar a controlar los efectos de esta descomposición. Pero también tiene la obligación de apuntar las causas que los promueven. Podrá? Querrá? (01/05/00)